Asim y Zarah siguieron caminos separados hacia la fe en Cristo, pero cuando sus caminos convergieron en El Cairo, Egipto, se convirtieron en uno en el servicio del Señor.

Las conferencias de ciencia que Asim estaba escuchando en la universidad no parecían estar de acuerdo con la fe musulmana de su familia. Dudoso y desilusionado, comenzó a salir a cafés con amigos ateos que se burlaban del Corán.

Aunque no tenía ningún interés en la religión, un año Asim acordó acompañar a un amigo cristiano copto en el servicio de Nochebuena de su iglesia. Después de salir del servicio, no podía quitarse de la cabeza la letra de una canción: «Moriste por mí y tomaste mis cargas por mí». Curioso por saber más acerca de las misteriosas palabras, regresó a la iglesia y pronto comenzó a estudiar la Biblia con un hombre que conoció allí.

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Zarah tenía celo por el islam, y comenzó a estudiar con un clérigo musulmán salafista ultraconservador, e incluso se unió a él como misionera musulmana anticristiana. Ella se paraba afuera de la oficina de la Sociedad Bíblica de El Cairo para repartir folletos y regañar a cualquiera que saliera con una Biblia.

Pero a medida que continuaba estudiando el islam y buscando formas de atacar a los cristianos, las fallas en su propia religión se hicieron cada vez más evidentes. Las dudas de Zarah la alcanzaron un día cuando estaba fuera de la Sociedad Bíblica. «¿Por qué estoy atacando a estas personas? —se preguntó a sí misma—. ¿Por qué no los dejo hacer lo que quieran?».

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Una noche, Asim comenzó a sopesar todo lo que había aprendido sobre el cristianismo. Sabía que era algo bueno y creía que Dios era amoroso y misericordioso. El problema era Jesús: era descrito de manera diferente en el islam que en el cristianismo. Asim oró y le pidió a Dios que lo guiara. «En ese momento, [la fe] vino del corazón, no del pensamiento —recordó—. Desde ese día le entregué mi vida a Cristo».

Con entusiasmo creó una nueva cuenta de Facebook, donde refutaba el islam y elogiaba la bondad que veía en el cristianismo. Entonces, una noche, su madre lo despertó de un sueño profundo y comenzó a hacerle algunas preguntas directas. —Tu hermana me dijo que te convertiste en cristiano —le dijo—. ¿Eres cristiano?

—Lo soy —le dijo.

Su familia entró en pánico. Lo encerraron en la casa durante una semana, llevaron imanes para discutir con él y lo abofetearon. Pero no se rendía. Finalmente, lo desnudaron hasta dejarlo en ropa interior y lo ataron a su cama, azotándolo repetidamente con una manguera de jardín.

Después de días de maltrato, cedió. «Está bien —prometió—, no hablaré más de los cristianos».

Pero Asim había sido transformado, e incluso si no podía ser honesto con su familia, tenía que compartir su nueva fe. Regresó a los cafés donde se reunían sus amigos ateos, pero en lugar de ridiculizar el islam, comenzó a contarles a sus amigos acerca de Jesús. Uno por uno, sus amigos comenzaron a volverse a Cristo, y pronto formaron un grupo que se reunía regularmente para tener compañerismo y discipulado. Después de reunirse durante ocho años, una mujer llamada Zarah se unió a su grupo.

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Durante su tiempo como misionera anticristiana, Zarah se dio cuenta de que la ideología musulmana conservadora que había estado siguiendo era profundamente defectuosa. Se alejó de su mentor salafista y dejó atrás el islam.

Los miembros del grupo de discipulado de Asim invitaron a Zarah, a quien habían conocido como musulmana, a sus reuniones. Aunque Zarah al principio rechazó sus invitaciones, finalmente decidió asistir.

Zarah había estudiado el cristianismo para refutar sus afirmaciones; de hecho, su mentor salafista le había dado una Biblia solo para que pudiera aprender a atacar el cristianismo. Ella siempre había dado por hecho que el cristianismo era restrictivo, un conjunto de leyes que le decían lo que podía y lo que no podía hacer.

En cambio, encontró libertad. En lugar de orar en momentos específicos cada día, podía hablar con Dios cuando quisiera. Él estaba con ella siempre y la aceptaba tal como era. «En el islam tenemos que trabajar para complacerlo, pero en el cristianismo Dios está trabajando por nosotros, haciendo lo mejor para nosotros, como morir por nosotros», dijo. Las preguntas que durante mucho tiempo habían estado en su corazón fueron respondidas y entregó su vida a Cristo.

UNIDOS EN FE Y PROPÓSITO

Reunidos por los caminos separados que los llevaron a Cristo, Asim y Zarah pronto se enamoraron y decidieron casarse.

Mientras que las familias musulmanas generalmente se oponen a que uno de sus hijos se case con un cristiano, la familia de Zarah le dio la bienvenida a Asim porque dieron por hecho que era musulmán. Asimismo, la familia de Asim pensaba que todavía era ateo y que Zarah era musulmana. «[Ser ateo] es aceptable —explicó—, pero ser cristiano no».

El día de su boda, su pastor casó a Asim y a Zarah en secreto antes de que ellos continuaran con la ceremonia musulmana tradicional con sus familias. Para Zarah, el matrimonio cristiano le proporcionó la liberación de la cultura patriarcal del islam. «No hay dignidad para una mujer en el islam —dijo—. Me alegré de descubrir que somos iguales; nos convertimos en uno juntos, no uno más alto».

Como ocurre con muchas familias en el Medio Oriente, Asim y Zarah viven en el mismo edificio de apartamentos que la familia de Asim. Por lo tanto, deben tener mucho cuidado de ocultar su fe cristiana. En la cultura egipcia, los visitantes pueden entrar en cualquier momento en lugar de llamar primero a la puerta, y el descubrimiento de una Biblia en su hogar causaría grandes problemas.

«Lo que le sucedió a Asim [cuando su familia pensó por primera vez que se había convertido al cristianismo] volvería a suceder, pero no solo a Asim —dijo Zarah—. Yo también sería castigada».

Como no pueden tener una Biblia propia, los recién casados escuchan juntos los sermones los viernes por la mañana y asisten a la iglesia durante la semana. La familia de Asim tiene sus sospechas, y cuando los visitan siempre lo presionan para que realice las oraciones musulmanas con ellos. Su hermano mayor también sermonea a Zarah, y le dice que si ella fuera una mejor musulmana, ayudaría a su esposo a ser fuerte en la fe.

Los hermanos de Asim se avergüenzan de él y quieren echarlo del edificio. Los vecinos también saben que Asim profesó una vez la fe cristiana, por lo que él y Zarah son considerados muy sospechosos. «Todo el tiempo estamos bajo la amenaza de ser exhibidos como cristianos delante de la familia», dijo Zarah.

La vida es difícil, pero la pareja confía en Jesús en todo momento del día, y Asim continúa visitando los cafés para relacionarse con los ateos. «Desde el primer día que conocí a Asim hasta hoy, se ha emocionado más con esta fe, con Jesús», dijo Zarah. Aunque la pareja siguió caminos separados hacia la fe en Cristo, por la gracia de Dios enfrentan circunstancias difíciles unidos en la fe.

Esposo y esposa egipcios comparten caminos paralelos hacia Cristo
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