En el año 2000, Andrés sintió que Dios lo llamaba a dejar su exitoso negocio de exportación de muebles y mudar a su familia a un pueblo en una de las peligrosas “zonas rojas” de Colombia, áreas controladas por violentos grupos guerrilleros. Todos con quienes compartió sus planes le suplicaron que no fuera. “Mis padres y mi pastor me dijeron: ‘no vayas’. Incluso llevaron a alguien para impedir físicamente que fuera —dijo Andrés—. Pero Dios me había dicho que tenía que ir allá”.

Antes de compartir su plan más allá de su familia inmediata, Andrés pasó unos días ayunando y orando para confirmar el llamado. Mientras buscaba seguridad, su esposa, Juanita, comenzó a angustiarse. “Tenía miedo porque tenemos cuatro hijos —dijo—. Estaba muy preocupada, pero confiaba en el Señor. Andrés me dijo: ‘El Señor me ha enviado. Cuando Dios envía, Él protege. Él nos va a cuidar’”.

Pero los demás estaban más preocupados por su seguridad. Cuando Andrés le contó a su pastor su decisión, el pastor le dijo que nunca nadie salía vivo de ese lugar. Y el padre de Andrés fue aún más contundente. “Aquí está la mitad del dinero que necesitarás para comprar un ataúd —dijo, sacando dinero de su bolsillo y arrojándolo sobre la mesa—. No te vayas sin comprar primero tu ataúd, porque sabemos que no vas a volver”.

Aun así, Andrés confiaba en estar haciendo la voluntad de Dios. “Dios me está enviando —les dijo Andrés—. Si es Su voluntad que muera allá, entonces moriré allá. Cristo dio su vida por mí, y yo tengo que dar mi vida por Él”.

Andrés recuerda claramente la incómoda bienvenida que recibió cuando llegó por primera vez al pueblo, antes de que su esposa y sus hijos se mudaran allá. “Cuando llegué allí para predicar, sentí una tensión muy fuerte —dijo—. Vi a los guerrilleros salir de la selva completamente armados mientras yo predicaba el Evangelio”.

Predicó su primer mensaje de Marcos 10:48–52, un pasaje en el que Jesús restaura la vista a un ciego debido a su fuerte fe. Sin embargo, el sermón pareció tener poco efecto en los aldeanos. Nadie hacía contacto visual con Andrés, y para esa noche había comenzado a entender el miedo que los guerrilleros habían infundido en sus corazones.

“Nadie me recibía porque [la guerrilla] dio la orden de que si me quedaba en ese pueblo, nadie podía darme un lugar para vivir —dijo—. Yo dormía afuera en la calle. Apenas dormía, y le pedí a Dios que me mostrara un milagro, porque Dios me dijo que tenía gente que quería salvar en ese lugar”.

Unos días después, Andrés fue abordado por miembros de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC), un grupo rebelde marxista. “Tienes que irte porque aquí nadie se va a convertir —le dijo uno de ellos—. Este pueblo nos pertenece”.

Con una valentía inquebrantable y arraigada en la fe, Andrés hizo saber a los guerrilleros dónde estaban en relación con Dios. “Me iré cuando el que me envió me diga que me vaya —respondió—. Hasta entonces me quedo, porque Él tiene más poder que ustedes”.

Como a los seis meses de que su familia se mudara al pueblo, Andrés había llevado a tres personas a Cristo. El rumor de las conversiones se difundió rápidamente, y un día un guerrillero de las FARC llegó a su hogar. El hombre le dijo a Andrés que lo escoltaría al campamento de las FARC en la selva a las 11 a.m. del día siguiente, pero no explicó la razón.

A la mañana siguiente, Andrés se despidió de su familia sabiendo que podría no regresar. “Si esta es la última vez que los veo —les dijo—, déjenme recomendarles algo: no abandonen a Cristo”.

Al día siguiente, el guerrillero condujo a Andrés por la densa selva como había prometido. A pesar del inminente peligro, Andrés dijo que cuando llegaron al campamento tres horas después, su miedo había desaparecido y nuevamente sintió la presencia de Dios.

Una vez en el campamento de las FARC, otros guerrilleros llevaron a Andrés con sus comandantes. Andrés se sentó en un árbol caído y uno de los comandantes comenzó a hacerle preguntas sobre su trabajo.

Finalmente, otro de los jefes se puso en pie y comenzó a hablar de Jesús. El hombre trató de presentar a Cristo como un revolucionario, pero Andrés se apresuró a explicar lo que la Escritura dice acerca de Él. Entonces, Andrés dijo que sintió que Dios lo empujaba a decirle al comandante algo poderoso: que Dios lo amaba.

“Cuando le dije eso, comenzó a llorar —recordó Andrés—. Cuando el primer jefe vio que estaba llorando, dijo: ‘Esta conversación ha terminado. No te traje aquí para convertir a mis hombres a Cristo’”.

Antes de irse, Andrés dijo a los guerrilleros que quería orar por ellos. Entonces, de pie entre 60 rebeldes de las FARC con AK-47s colgados sobre sus hombros, Andrés dirigió al grupo en oración. El guerrillero que lo había llevado a la selva lo escoltó debidamente en el viaje de tres horas de regreso a su casa y a su familia.

Juanita dijo que sintió una gran sensación de alivio cuando Andrés llegó a casa. “Sabía de muchos casos donde una vez que las personas se van, simplemente no regresan”, dijo.

Un mes después de que Andrés orara por los guerrilleros de las FARC, uno de los comandantes por los que había orado se entregó a las autoridades colombianas y fue condenado a prisión. A partir de ese día, la iglesia de Andrés experimentó mayor persecución.

Poco después de que el comandante de las FARC se rindiera, otros combatientes del grupo comenzaron a vigilar, hostigar y amenazar a Andrés. “Ten cuidado —le advirtió un guerrillero después de darle un empujón un día—. Mira por dónde vas. Un día, simplemente no vas a volver”.

Andrés dijo que la iglesia en su conjunto está fuertemente restringida por las FARC. Por ejemplo, la guerrilla impone toques de queda a los miembros de la iglesia y ocasionalmente interrumpe los servicios. Y además de monitorear los sermones de Andrés en busca de cualquier indicio de oposición a sus actividades, a menudo les piden a los miembros de la iglesia que den su diezmo a las FARC en lugar de darlo a la iglesia.

Andrés finalmente se enfrentó a la guerrilla cuando los miembros de la iglesia dejaron de diezmar por miedo. “Ustedes tienen que trabajar y yo tengo que trabajar”, les dijo. Días. después, los guerrilleros destruyeron la yuca, el maíz, las papas y el arroz que cultivaba y vendía para ayudar a mantener a su familia.

Andrés, Juanita y sus hijos se han visto afectados por el estrés continuo de vivir y trabajar entre las FARC y sus frecuentes amenazas. Uno o dos guerrilleros se presentan en la iglesia cada dos semanas, y Juanita dijo que tiembla de miedo cuando ellos aparecen. “Me pongo nerviosa —dijo—. Al principio dije: ‘Se acabó, estamos muertos’. Pero con el tiempo he comenzado a sentir más consuelo de Dios”. Y Andrés dijo que teme por su vida al menos una vez al mes y que a menudo lucha por mantener una sensación de paz. Para aliviar su miedo y angustia, él y Juanita oran y leen la Biblia. “Mantengo todo a través de la oración y oro para que podamos mantenernos firmes en Él”, dijo Juanita.

Los hijos de la pareja, que viven con ellos y ya están cerca de los 20 años, también han tenido problemas para superar el miedo desde que se mudaron a la región. “Muchas veces ven las amenazas y ven lo que está pasando”, dijo Andrés.

Más de 20 años después de advertirle que probablemente sería asesinado si intentaba ministrar en la peligrosa zona roja, los padres de Andrés han aceptado su trabajo, reconociendo que Dios lo ha protegido hasta ahora. “Ya se acostumbraron —dijo Andrés—. Les dije que si quiero dar mi vida por Cristo, y eso es lo que Dios quiere, la daré. Ya tienen paz”.

La Voz de los Mártires (VOM) apoya a Andrés y a Juanita mientras continúan sirviendo en la zona roja y también les proporciona Biblias para distribuir entre las personas que viven en el área.

Andrés pide oración por su familia, específicamente por su renovación, protección y la capacidad para llevar libremente el Evangelio a las personas. También pidió que oremos por una nueva iglesia que espera plantar en un área cercana.

“Mi deseo es llevar el Evangelio a las áreas difíciles donde nadie más quiere ir —dijo—. Ahí es donde Dios me ha llamado. Ahí está mi corazón. He estudiado el testimonio de los mártires, y sé que dieron su vida por Cristo. Yo también puedo dar mi vida”.

Yendo a donde nadie sale vivo
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