Un día en el verano de 2020, agentes de la policía y funcionarios locales se abarrotaron alrededor de la pequeña casa de Phomme en la provincia de Luang Prabang, en Laos central. Conocían bien el lugar. Habían observado a personas ir y venir frecuentemente de la casa, a veces se detenían para una breve charla, pero otras veces se quedaban para tener reuniones que incluían oraciones y cantos.

Phomme había sido vigilada y seguida durante meses, desde que contó con valentía una historia de esperanza y sanidad que llevó a cinco familias a seguir a Jesucristo. Y los funcionarios locales querían dar fin a la difusión de esta influencia religiosa.

Parados amenazadoramente alrededor de su casa, le dieron un ultimátum: Deja a Jesús o abandona el distrito. “Queremos que abandones tu fe —le dijeron—. No queremos cristianos en este distrito”.

Otros aldeanos pronto comenzaron a unirse a las autoridades afuera de la casa de Phomme, amenazándola y menospreciándola por su fe cristiana. “Díganle al gobernador de distrito que la arresten —los escuchó decir—. ¿Por qué mantenerla viva? Solían matar a personas como ella en el pasado; si es asesinada, ¿a quién le haríamos daño?”.

Los aldeanos que eran más amables con ella, preocupados por su seguridad la instaban a renunciar a su fe. Pero mientras los miembros de la familia de Phomme y amigos dentro de la casa buscaban refugio, ella se mantuvo firme y en calma.

Cuando la policía exigió a su familia el libro de registro —un documento que incluye los registros de matrimonio, nacimiento y propiedad, y que es requerido para la residencia, educación, trabajo e incluso para viajar fuera de la provincia— ella les dio una copia, manteniendo el original oculto. Tras su exigencia, ella entregó tranquilamente su teléfono celular y contestó sus preguntas, dándoles pacientemente sus razones de la esperanza que profesaba.

Después de amenazar, insultar e intimidar a Phomme durante horas, la multitud finalmente se dispersó. Y entonces, como si nada pudiera ser más natural, Phomme dirigió su atención a preparar arroz pegajoso y verduras para su esposo y sus dos hijos.

“Aun cuando escuché estas amenazas —dijo—, no hirieron mi corazón en absoluto. ¿Por qué no tenía miedo? ¿Por qué no pensé en absoluto en renunciar a mi fe? Me dije a mí misma que fuera paciente y firme”.

La Phomme que enfrentó a la policía hubiera sido irreconocible para sus amigos años atrás. “Cristo me cambió para ser una persona valiente para compartir acerca de Jesús —dijo Phomme—. Antes, yo era tímida y callada”.

Cuando su hermano Sithon y uno de sus amigos fueron arrestados y maltratados por su fe en Cristo, Phomme vio con sus propios ojos cómo la fe y la persecución van de la mano. Ella dijo que su padre y sus hermanos incluso habían temido el llevarla a Cristo porque sabían que eso resultaría en sufrimiento.

“Vi con mis propios ojos cómo hieren a los cristianos —dijo—, pero aún quería creer. Estaba en lo profundo de mi corazón querer creer”.

Complicando su deseo de seguir fielmente a Cristo, estaba la lucha de su familia con la enfermedad y la pobreza. “Mi esposo estaba enfermo, y yo estaba sufriendo con mi esposo — dijo Phomme—. Muchos en el pueblo menospreciaban a nuestra familia”.

Los aldeanos criticaron a la familia por no poder mantenerse en su considerable cantidad de tierra. Decían: “Su esposa no sabe cómo ganarse la vida o conseguir comida para la familia”, recordó Phomme. Y admitió que en parte era cierto. “Yo no sabía cómo conseguir comida y no tenía habilidad para ganarme la vida”, dijo.

Los vecinos sugerían ayuda espiritual, pero para muchos Khmu y Hmonge en el distrito, eso significaba recurrir a los espíritus de los antepasados o a la naturaleza. Como animistas, creían que los espíritus podían ayudar de muchas maneras si eras leal y respetuoso con ellos. Phomme, que también es Khmu, había vivido esa creencia toda su vida.

“Cuando adoraba a los espíritus, era como si mi corazón estuviera vacío — dijo Phomme—. Sentía que mi cuerpo no tenía alma. Apenas pude oír hablar acerca de [el amor y la gracia de Dios] cuando mis parientes llegaron a Cristo”.

Phomme y su esposo, Vat, discutieron el costo de seguir a Jesucristo, ya que él también había sido testigo de la persecución a los miembros de la familia de Phomme. A Vat le preocupaba que la constante presión y persecución fueran demasiado para que su esposa soportara, pero también veía la esperanza ofrecida a través de la fe. Sorprendido por la determinación de su esposa normalmente tímida, se sumó a ella para comprometerse a seguir a Cristo, decididos a enfrentar cualquier persecución que se les presentara.

Phomme y Vat pidieron a los líderes de la iglesia en una aldea cercana que los discipularan y oraran por ellos. Además de ganar salud espiritual, la salud física de Vat mejoró. “Mi familia ha sido bendecida —dijo Phomme—. La salud de nuestra familia es más fuerte”.

Y Phomme pronto se encontró en un camino que no había imaginado.

La sanidad física de Vat fue apenas el inicio de los cambios experimentados por la familia después de poner su fe en Cristo. “Estábamos tan llenos de gozo y felicidad cuando veníamos a la iglesia — recordó Phomme—. Me siento tan fuerte en mi fe. A veces me pregunto de dónde vino esta fe, pero sé que es del Señor. Creer en el Señor me ha hecho obtener más sabiduría”.

Phomme ora a menudo por aquellos que están enfermos, describiendo cómo los miembros de su familia fueron sanados después de llegar a la fe. “Mira, los espíritus te controlan; no ayudan —les dice—. Podemos tomar medicina, pero el verdadero sanador es Jesús. Eso es evidente en mi esposo…; puede que él no esté en óptimas condiciones, pero está sano. Todos los que lo vieron quedaron asombrados y llenos de alabanza”.

Ella también alaba a Dios por la sabiduría para iniciar un proyecto de negocios que ayuda a mantener a su familia mientras le da mayores oportunidades para compartir el Evangelio. Phomme compra verduras a los agricultores y las vende en los mercados de las aldeas cercanas. Cuando llega a cada aldea, comparte canciones y el mensaje del Evangelio en el idioma Khmu. Y frecuentemente, los aldeanos se quedan después para hacerle preguntas, escuchar su testimonio o escucharla leer la Biblia.

“Cuando hago mandados, llevo a Jesús conmigo —dijo—. Traigo mi Biblia y la dejo en mi moto. Cuando voy en bicicleta, canto canciones de adoración. Voy con el Señor. Siempre hablo con el Señor cuando voy a diferentes aldeas para vender mis productos”.

Algunos hablan despectivamente de Phomme y tratan de dañar su negocio, diciéndole a la gente que no le compre porque es cristiana. La policía la sigue y trata de prohibirle a sus proveedores que le vendan, e incluso construyeron una puerta para bloquear el acceso a un camino que utilizaba. Sin embargo, Phomme no se desanima de trabajar y compartir su fe con los que escuchan.

“Hay muchas personas que no me quieren —dijo Phomme—. Hay muchos que no quieren acercarse a mí o comprar mis productos. Si no me quieren, no pasa nada. Algunos no escuchan, pero otros son curiosos y quieren saber más. Algunos finalmente son guiados a Cristo”.

Phomme dijo que ha llevado al Señor a 13 familias mientras vende verduras. Y cuando se reúne con nuevos creyentes, les enseña a estar preparados para la persecución.

“A la gente no le gustan los cristianos —les dice a los nuevos creyentes—, simplemente escuchar la palabra Jesús los enoja. La gente odia mucho esto. Aun hoy, muchas personas me odian. Sin embargo, soy paciente. Tengo un corazón que no está lleno de odio hacia nadie. Tengo amor hacia los demás. ¿Puedes ser como yo?”.

La amenaza de expulsión sigue estando sobre Phomme y su familia, los funcionarios aún rastrean sus movimientos y sus contactos, y la gente aún quiere arruinar su negocio por causa de Cristo. Pero ella persevera.

Vat ha notado un cambio dramático: “Él dice que mi corazón se ha ensanchado —dijo Phomme con una sonrisa—. No temo ni odio a mis perseguidores. En mi corazón no hay temor, como cuando adorábamos a los espíritus. Mi corazón está en seguir luchando”.

Valiente por causa de Cristo
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