Para Smiti, de 26 años, el viaje hacia la fe en Cristo comenzó siete años antes con una búsqueda desesperada de sanidad de una enfermedad grave. Al igual que muchos nepalíes que buscan ayuda con su salud, su primera parada fue un hechicero local, pero él no pudo hacer nada. Entonces alguien sugirió que una iglesia cristiana cercana podría ayudar.
Leer másLos ojos de MaLaiWan se llenaron de lágrimas al recordar el momento en que su padre le ordenó que se fuera. “Él estaba tan enojado —dijo—. Al líder de la aldea no le gustó que me hiciera cristiana”. Con 16 años, hizo sus maletas y caminó sola hasta una parada de autobús.
Leer másDavid, María y sus tres hijos se han acostumbrado a la violencia de la guerrilla desde que se mudaron en 2005 al municipio colombiano de Arauquita para dirigir una iglesia.
Leer másAnton frunció el ceño y presionó el botón de “finalizar llamada” en su teléfono después de no recibir respuesta de su madre, Mussalam, en Uzbekistán. Él usualmente hablaba con ella cada dos días desde su casa en Rusia, por lo que se preocupó cuando, en 2019, ella dejó de responder sus llamadas. Como su madre y su padre tenían más de 70 años, decidió hacer el viaje de regreso a su ciudad natal en Uzbekistán para ver cómo estaban. Anton se dirigió directamente a la casa de sus padres, un lugar cómodo construido alrededor de un patio central. Golpeó la puerta de metal en la oscuridad hasta que su hermano abrió una pequeña reja en la puerta para ver quién estaba ahí. Curiosamente, cuando el hermano de Anton lo vio, se volteó y habló hacia la casa: “Anton está aquí. ¿Qué debo hacer?”. Después de que su hermano escuchara la respuesta de alguien adentro, miró de vuelta a Anton y dijo: “Adiós. Vete”. “Pero ¿dónde está mi madre?”, Anton insistió. “Ella está en Tashkent con nuestra hermana; está enferma”, respondió su hermano mientras cerraba la rejilla. Sin saber a dónde ir después, Anton pasó la noche en la casa de
Leer másEun-Ji era contrabandista por necesidad. A mediados de la década de 1990, Corea del Norte sufrió una serie de inundaciones catastróficas que destruyeron cosechas y campos agrícolas. Los efectos del desastre natural se agravaron por la adhesión del régimen totalitario a una filosofía de autosuficiencia que limitó las importaciones, las inversiones extranjeras y la ayuda internacional, provocando hambre en cientos de miles de norcoreanos. Durante la “Marcha del sufrimiento”, como se llama a estos años de hambruna, el norcoreano promedio, específicamente quienes no están en el ejército ni forman parte de la élite del Partido de los Trabajadores, tuvo que tomar una decisión: ser un ciudadano respetuoso de la ley y morir esperando raciones, o dedicarse al contrabando u otras actividades ilegales y sobrevivir. Eun-Ji, desesperada por vivir y mantener a su familia, optó por la segunda opción. Se convirtió en contrabandista. Pero el contrabando conllevaba gran riesgo. Si bien la policía fronteriza y los funcionarios de aduanas en ambos lados de la frontera entre Corea del Norte y China a veces aceptaban sobornos, no existía garantía; y las sanciones podían ir desde multas severas hasta el encarcelamiento en un campo de trabajo. Además, el cruce del río, el terreno
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