Durante años, Paty y Jaime anhelaban servir como misioneros en Turquía. Pero después de un viaje misionero a una comunidad indígena cerca de su casa en Acapulco, México, Paty comenzó a sentir al Espíritu Santo empujándola en otra dirección.

Mientras consideraba cómo comunicárselo a Jaime, un día recibió una sorprendente llamada de él. “Paty, he estado soñando con rostros indígenas, y siento que Dios nos está diciendo que vayamos a las etnias de México”, le dijo.

Moviendo su enfoque de Turquía hacia los grupos indígenas no alcanzados en México, la pareja comenzó a orar y a buscar un buen lugar entre las casi quinientas comunidades mixtecas en el Estado de Guerrero. Aunque los mixtecos comparten la misma ascendencia, sus diversas comunidades hablan cincuenta lenguas distintas y a veces albergan gran enemistad entre sí. Los forasteros son vistos con profunda sospecha. Paty y Jaime apelaron a tres comunidades antes de que una estuviera de acuerdo en aceptarlos.

La pareja llegó a su rústica casa de madera a unos 300 kilómetros de Acapulco en 2012, y Jaime hizo planes para establecer un taller y enseñar carpintería a los hombres de la localidad. Como los demás en el área, ellos no tenían agua potable, por lo que todos los días caminaban hasta un río cercano para acarrear agua para bañarse, lavar y beber.

Después de preguntarse durante seis meses por qué nadie iba a esa parte del río, el dueño del lugar donde vivían finalmente explicó. Un pueblo río arriba arrojaba cabras sacrificadas y otros animales al agua como resultado de una práctica religiosa sincretista que combinaba elementos del catolicismo, el animismo y formas de brujería. “La gente era tan hostil con nosotros que no nos lo advirtieron”, dijo Paty.

Aunque siempre saludaban a sus vecinos en la lengua local, que habían estudiado antes de mudarse, nadie hacía contacto visual con ellos. Y en varias ocasiones, los aldeanos llegaron a su casa y les dijeron que no eran bienvenidos, e incluso que serían cortados en pedazos si se quedaban.

Durante los siguientes dos años, Paty y Jaime trabajaron duro para llegar a ser parte de la comunidad. Jaime se unió a los demás hombres en agotadores trabajos agrícolas, labrando la tierra con un azadón, plantando semillas y llevando agua. Y como el pueblo compartía un horno comunal, Paty pasaba muchas horas con las demás mujeres, moliendo maíz y cociendo tortillas a pesar de que estaba mal de su espalda. “Sacrificamos nuestra salud para estar ahí”, dijo Paty. “Esos primeros dos años fueron realmente difíciles”.

Para alcanzar a las personas a las que servía, Jaime adoptó la misma vestimenta y se unió al trabajo comunal.

Poco a poco, algunas personas comenzaron a suavizarse con ellos. Les complacía que Paty y Jaime se hubieran tomado el tiempo para aprender su idioma, y les agradaba que comieran exactamente lo que ellos comían, incluyendo pastos silvestres e insectos, que otros mexicanos despreciaban. Paty incluso, al igual que las otras mujeres, usaba un huipil, su tradicional vestido bordado. “Tratamos de dar dignidad a la gente, de ser la presencia encarnada de Cristo”, dijo Paty. “Jesús vino en humildad, así que eso es lo que tratamos de hacer”.

Finalmente, algunas personas comenzaron a preguntarles qué religión profesaban. Paty y Jaime creían que si hablaban de Cristo directamente, no encontrarían una audiencia receptiva. Así que mejor les contaban historias bíblicas. Cuando alguien compartía sobre un problema o preocupación en particular, respondían con un ejemplo bíblico. Y cuando la persona quería saber más sobre la historia, la dirigían a la Biblia misma. La pareja entregaba audio Biblias en mixteco a quienes lo solicitaban, ya que casi todos en la zona eran analfabetos.

En 2017, algunos aldeanos trataron de persuadir a sus vecinos de que Paty y Jaime debían ser asesinados o al menos expulsados del pueblo. Pero los ancianos de la ciudad, que habían aprendido a respetar a la pareja, apaciguaron la situación. Y a partir de entonces, cuando alguien los molestaba, otros miembros de la comunidad salían en su defensa.

El 14 de enero de 2019, Jaime salió a entregar una puerta personalizada a una casa en otro pueblo. Se suponía que se reuniría después con Paty y sus líderes de misión en Acapulco, pero Jaime nunca llegó. Poco después, Paty y los líderes de la misión se enteraron que estaba muerto.

Las autoridades del pueblo donde murió Jaime dijeron al principio que había chocado su vehículo. Luego cambiaron su historia, diciendo que conducía alcoholizado y que se había ahogado; pero Paty y los líderes de la misión sabían que Jaime no bebía. Cuando los líderes de la misión fueron a recoger el cuerpo de Jaime, vieron evidencia de trauma en la parte posterior de su cabeza y otras marcas en su cuerpo. Aunque no es claro quién mató a Jaime, están seguros de que no fue un accidente.

La muerte de Jaime dejó un enorme vacío en la vida de Paty. “Me entristece mucho que Jaime no esté aquí. Pero él siempre me decía: ‘No te preocupes chiquita, Dios está con nosotros’”, nos compartió.

Paty dijo que su versículo favorito era Habacuc 2:14: “Porque la tierra se llenará del conocimiento de la gloria del SEÑOR como las aguas cubren el mar”. Su sueño era plantar una iglesia en la comunidad mixteca y pintar ese versículo en el costado de la iglesia.

Paty ha estado organizando una escuela para niños pequeños, y cursa en línea una carrera en educación para poder enseñar también a los niños mayores. Además, espera organizar talleres en donde las mujeres mayores enseñen a las más jóvenes los particulares patrones de bordado de los huipiles de su comunidad. Los complejos bordados toman unos seis meses en terminarse.

Paty pide oración para que Dios establezca una iglesia en el pueblo y para que ella permanezca emocional y físicamente saludable. Ella tiene la intención de cumplir la voluntad de Dios para su vida y completar el trabajo que ella y Jaime comenzaron hace casi diez años. “Mi manera de honrar la memoria de mi esposo es continuar con el trabajo que él estaba haciendo”, dijo. 

Misioneros en casa
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