En los mitos griegos, el personaje Telémaco (que significa «combatiente lejano») era un niño tímido y reservado. Pero de adulto defendió el honor de quién amaba y se convirtió en un peleador y un héroe. A diferencia de su contraparte mitológica, el monje del siglo IV, Telémaco era cualquier cosa menos un peleador. O tal vez se podría argumentar que su mayor pelea fue su esfuerzo por erradicar las peleas.

Telémaco, un ermitaño asceta de Oriente, era desconocido excepto por su último acto. Viajó a Roma justo a tiempo para las celebraciones de la victoria. Después de años de agresivas invasiones provenientes del continente, Roma finalmente había derrotado al rey gótico Alarico en el norte de Italia en el año 403.

Como era común en aquellos tiempos, se celebraron extravagantes competencias de gladiadores como festejo de la victoria militar. El emperador Honorius, de veinte años, decretó que esta celebración en particular se llevaría a cabo en el Coliseo, el cual tenía un aforo para 50 000 personas. Este campo de batalla era llamado así por la colosal estatua de 130 pies o 39.6 metros de Nerón que estaba cerca. El emperador Nerón se hizo famoso por condenar a los cristianos a ser quemados como antorchas humanas. Si había un lugar en toda Roma que un cristiano pacifista podría considerar evitar, el Coliseo lo era. Telémaco, un «hombre vestido de manera rudimentaria y de presencia áspera pero imponente», resolvió interrumpir, de hecho, detener, la sangrienta contienda en el Coliseo.

Miles se habían reunido ese día. Los gritos de: «¡Habet, hoc habet!» [ya ha tenido suficiente], surgieron de la multitud. Clamaban así cada vez que un peleador era mortalmente herido. En esta atmósfera Telémaco saltó de la multitud a la arena misma, ya no era espectador, sino activista, pacificador, predicador.

«¡No correspondan a la misericordia de Dios —gritó—, por medio de rechazar las espadas de sus enemigos a través de asesinarse unos a otros!». Ciertamente la multitud lo oyó, pero los gladiadores continuaron luchando. Telémaco corrió entre los gladiadores, y les rogaba que se detuvieran. «¡Sublevación! ¡Sublevación! ¡Que muera! —rugió la multitud—. ¡Este no es lugar para predicar! ¡Las antiguas costumbres de Roma deben ser observadas! ¡Adelante, gladiadores!». Aún así, Telémaco continuó yendo de un encuentro a otro, deteniendo a los gladiadores a media pelea. Entonces, frustrado por la molestia de que un hombre estuviera interrumpiendo los juegos, alguien sacó una espada y, al dar la estocada, Telémaco cayó. La multitud se unió y arrojó piedras desde sus asientos a la arena abajo.

Rápidamente se difundió por toda Roma la noticia de que el hombre asesinado era el ermitaño Telémaco. Roma quedó impactada, al igual que el emperador Honorius, de que un hombre tan gentil hubiera sido asesinado. El valor y la valentía de Telémaco para hablar de la misericordia y el amor de Dios cambiaron los juegos para siempre. Un hombre empeñado en la paz, Telémaco perdió la vida luchando en el campo de batalla más grande de Roma. Poco después de su muerte, las batallas de gladiadores fueron prohibidas en el Coliseo. Telémaco había logrado lo imposible.

«Pues para esto fuisteis llamados; porque también Cristo padeció por nosotros, dejándonos ejemplo, para que sigáis sus pisadas […] el cual no hizo pecado, ni se halló engaño en su boca; quien cuando le maldecían, no respondía con maldición; cuando padecía, no amenazaba, sino encomendaba la causa al que juzga justamente» (1 Pedro 2:21-23).

Historias de mártires cristianos: Telémaco
Categorías: Historia