El contrabando máximo
Corea Del Norte
Eun-Ji era contrabandista por necesidad. A mediados de la década de 1990, Corea del Norte sufrió una serie de inundaciones catastróficas que destruyeron cosechas y campos agrícolas. Los efectos del desastre natural se agravaron por la adhesión del régimen totalitario a una filosofía de autosuficiencia que limitó las importaciones, las inversiones extranjeras y la ayuda internacional, provocando hambre en cientos de miles de norcoreanos.
Durante la “Marcha del sufrimiento”, como se llama a estos años de hambruna, el norcoreano promedio, específicamente quienes no están en el ejército ni forman parte de la élite del Partido de los Trabajadores, tuvo que tomar una decisión: ser un ciudadano respetuoso de la ley y morir esperando raciones, o dedicarse al contrabando u otras actividades ilegales y sobrevivir. Eun-Ji, desesperada por vivir y mantener a su familia, optó por la segunda opción. Se convirtió en contrabandista.
Pero el contrabando conllevaba gran riesgo. Si bien la policía fronteriza y los funcionarios de aduanas en ambos lados de la frontera entre Corea del Norte y China a veces aceptaban sobornos, no existía garantía; y las sanciones podían ir desde multas severas hasta el encarcelamiento en un campo de trabajo. Además, el cruce del río, el terreno y el clima podrían ser traicioneros, al igual que los proveedores sin escrúpulos y los informantes en cada vecindario.
Sin otra alternativa, Eun-Ji aceptó los peligros y comenzó a cruzar la frontera hacia China, donde tenía familiares que la ayudarían. Allí conoció a algunos cristianos coreanos que la invitaron a un servicio dominical de adoración. Al principio, Eun-Ji estaba disgustada por lo antipatriótico que era el servicio; toda su vida le habían enseñado que el fundador de Corea del Norte, Kim Il Sung y su familia, debían ser el único foco de adoración y alabanza. Pero se quedó.
La iglesia le dio arroz a Eun-Ji y a otros como ella para que compartieran con sus familias en Corea del Norte, por lo que regresaba a la iglesia cada vez que venía a China para recoger más productos para contrabandear. Poco a poco, comenzó a conocer sobre Cristo y a interesarse más. Y con el tiempo, recibió entrenamiento de discipulado y aprendió a discipular a otros, de modo que pudiera compartir el Evangelio con sus amigos y familiares al regresar a casa.
Pero pronto, tuvo que tomar otra decisión: ¿Aceptaría el riesgo extremo de contrabandear Biblias a Corea del Norte? Las Biblias son el contrabando máximo en Corea del Norte. Ser atrapado contrabandeando Biblias en el país casi siempre lleva al arresto, encarcelamiento o incluso la ejecución. Los condenados por tráfico ilícito o posesión de otros artículos de contrabando a menudo ofrecen sobornos para recibir una sentencia reducida o evitar el castigo. Pero, según muchos norcoreanos, las sentencias severas son inevitables solo por poseer una Biblia.
Otra contrabandista que llegó a conocer a Cristo después de desertar de Corea del Norte, Dan Bi, fue advertida por otros contrabandistas sobre las graves consecuencias de ser atrapada con una Biblia. Le dijeron que un hombre atrapado cruzando la frontera con una Biblia ni siquiera tuvo la oportunidad de sobornar a sus captores. Fue condenado a prisión en un campo de concentración conocido como kwanliso, donde las condiciones son tan malas que cerca del 40% de los reclusos muere de hambre.
“Si muero aquí, ¿no voy por fe al cielo?”
La propaganda contra la religión y la Biblia es tan dominante en Corea del Norte que incluso mencionar la Biblia puede provocar miedo extremo. “Cuando recibí por primera vez esta cosa llamada Biblia, estaba muy aterrorizado y sufrí — dijo un cristiano norcoreano que recibió la Palabra de Dios mientras trabajaba en el extranjero—. Pensé que finalmente me había atrapado el maligno. Incluso pensé en denunciar a las autoridades a la persona que me la entregó”.
Finalmente, Eun-Ji decidió aceptar el riesgo y contrabandear Biblias hacia Corea del Norte. En cada viaje, llenaba su mochila con arroz y enterraba una sola Biblia en medio de ella. Tras cada cruce exitoso, ella agregaba la nueva Biblia a una pila creciente en su casa. Sabiendo que si la atrapaban con ellas podría ser encarcelada o ejecutada, comenzó a preocuparle qué hacer con las Biblias. Por su seguridad y la de las Biblias, decidió envolverlas en vinilo y enterrarlas en su patio.
Eun-Ji sabía que tal vez no podría compartir su precioso pero peligroso contrabando durante mucho tiempo, pero, lenta y cuidadosamente, comenzó a compartir lo que había aprendido acerca de Jesucristo con familiares de confianza que acudían a ella en busca de comida. Incluso distribuir comida requería precaución, pues los norcoreanos son recompensados por informar sobre vecinos que violan la ley. Así que Eun-Ji esperó pacientemente, con las Biblias escondidas a solo unos pasos, para dar la Palabra de Dios a cualquiera que demostrara un interés verdadero en recibir la salvación a través de la fe en Cristo.
Eun-Ji y su familia finalmente huyeron a Corea del Sur. Y cree que las Biblias todavía pueden estar enterradas en el patio de su antigua casa, esperando ser descubiertas por otro norcoreano necesitado de la gracia y la esperanza del Evangelio.
Aunque no pudo distribuir las Biblias antes de huir de su país, Eun-Ji y muchos otros norcoreanos han descubierto la importancia vivificante de la Palabra de Dios para aquellos que están hambrientos de la verdad. El creyente norcoreano que al principio estaba aterrorizado por la Biblia que recibió es un testimonio de su poder transformador. “Ya no me preocupa eso —dijo—. Si muero aquí, ¿no voy por la fe al cielo? Mi mayor deseo es que mi amada familia y mis amigos vayan al cielo, no al infierno. Entonces necesito compartirles el Evangelio. Doy gracias a Dios por permitirme ser quien soy ahora”.
Los norcoreanos viven bajo una dictadura de inspiración comunista fundamentada en la idea Juche, una ideología religiosa norcoreana que exige adoración y sumisión a la familia Kim.
