Como miembro de la minúscula minoría cristiana de Pakistán, Hamid fue tratado mal por los musulmanes de su comunidad. Sin embargo, por la gracia de Dios, hoy Hamid ama a sus perseguidores y les habla de Cristo..

De chico, Hamid Banday tenía todas las razones para odiar a los musulmanes de su aldea pakistaní.

Sus compañeros de la escuela que eran musulmanes lo amedrentaban, y los aldeanos acosaban y discriminaban a su familia debido a su fe cristiana. Las autoridades de la aldea incluso les llegaron a negar el uso del pozo de agua local durante el pico de calor del verano.

Hamid nunca vio una razón para mostrarles amor a los musulmanes… hasta que se dio cuenta de que Dios le había ordenado que lo hiciera. Con la guía y ayuda de Dios ahora trata de ver a los musulmanes como Dios los ve: como personas hechas a su imagen y semejanza que necesitan un Salvador.

«Creo que estoy aprendiendo todos los días a no odiar a los musulmanes —reconoció Hamid—. A veces, no sé, estos sentimientos están muy arraigados dentro de mí desde mi infancia. Todos los días trato de superar estos sentimientos. De alguna manera, a menudo tengo éxito a través de Su gracia, pero todos los días oro: “Dios, remueve el odio de mi vida”».

LECCIONES DIFICILES

Hamid se encuentra entre la fracción del 1% que conoce a Jesús en su aldea. El otro 99% ve a Hamid como un infiel. Muchos de los cristianos que conoce, lo cual incluye a algunos niños, tienen que soportar la opresión de realizar trabajo de esclavos como fabricantes de ladrillos. Debido a que son miembros de la religión minoritaria, los cristianos son considerados prescindibles sin importar su edad.

Muchos cristianos han sido acusados falsamente en virtud de las leyes de Pakistán sobre la blasfemia, las cuales prevén sanciones que van desde multas hasta la pena de muerte en caso de ser encontrados culpables por blasfemia contra el islam, el Corán o Mahoma. Dado que el islam es reconocido constitucionalmente como la religión oficial del estado de Pakistán, el cristianismo es visto como una amenaza a la autoridad islámica.

A lo largo de los años, Hamid y su familia han experimentado persecución de muchas formas. Las amenazas y los ataques eran comunes cuando era más joven, pero el aislamiento y el desprecio continuos eran más difíciles de soportar.

«Yo era como un leproso caminando por las calles de Judea —dijo, al recordar su infancia—. Esos son mis antecedentes».

El padre de Hamid, un médico, era el foco de persecución en su familia. Tras un debate religioso con un clérigo musulmán fue expulsado de la aldea durante varios meses. La expulsión se anunció a través de los altavoces de las mezquitas locales, y se les dijo a los aldeanos que evitaran a la familia.

El padre de Hamid también defendió a otros cristianos perseguidos. Después de que unos musulmanes robaron las propiedades y el ganado de los cristianos pobres de la aldea cierto año, su padre presentó cargos contra los ladrones, y la corte finalmente falló a favor de los cristianos.

Esa audacia, sin embargo, vino con un precio. Una noche después de ver a un paciente, el padre de Hamid fue atacado de camino a casa por un grupo de musulmanes. El ataque fue aparentemente en represalia por haber buscado justicia en el caso de unos hombres que habían secuestrado a la joven hija de una familia cristiana.

A pesar de los fuertes principios cristianos de su padre, la propia vida de Hamid no reflejaba a Cristo. Cuando era adolescente mentía, decía malas palabras, faltaba a la escuela, perseguía a las chicas y se quedaba fuera toda la noche. Hamid incluso robó dinero de la clínica de su padre, y los aldeanos a menudo se quejaban de su comportamiento.

«Eres una vergüenza para toda la familia», recuerda Hamid que su padre le dijo.

Una sensación de vacío gradualmente abrumó a Hamid, lo que finalmente lo llevó a un intento de suicidio por sobredosis de medicamentos con receta. Después de pasar dos días en el hospital se dio cuenta de que tenía que cambiar.

Un amigo le presentó a Hamid un pastor local quien animó a Hamid y oró por él. Después de varias visitas, Hamid se interesó cada vez más en Jesucristo. Incluso empezó a asistir a la iglesia.

«Una noche, cuando el pastor estaba enseñando, Dios me habló —recordó Hamid—. Me dijo: “Te amo. Di a mi Hijo por ti. ¿Por qué no vienes a mí?”».

Hamid comenzó a llorar, y cuando el pastor hizo una invitación a pasar al altar, Hamid levantó la mano y pasó al frente. Unos días después, el 28 de noviembre de 1999, fue bautizado.

El año siguiente, Hamid acompañó al pastor a testificar a los musulmanes en las aldeas a lo largo de Pakistán. Mientras cargaba el equipaje del pastor de una aldea a la siguiente, vio el amor de Cristo en acción. Quería aprender del pastor, pero tenía un odio persistente contra aquellos a quienes el pastor estaba sirviendo.

A man sharing the gospel with another man

Un año más tarde, Hamid comenzó a asistir a un internado cristiano donde a menudo pasaba tiempo con amigos en oración por varias organizaciones misioneras e iglesias. Cuanto más tiempo pasaba allí, más historias escuchaba sobre cristianos que evangelizaban en las naciones islámicas.

Cuando Hamid comenzó la universidad, sintió que Dios le habló de nuevo, y no era algo que quisiera escuchar.

UN CAMBIO DE CORAZÓN

Hamid comenzó a soñar que les hablaba a los musulmanes. Aunque inicialmente estaba confundido, por fin sintió que Dios le estaba diciendo algo: «Lleva el evangelio a los musulmanes».

Pero Hamid todavía detestaba a los seguidores del islam.

«Ese odio se había convertido en amargura, y había bloqueado mis pensamientos —dijo—. Así que le pedí a Dios que removiera esa amargura y odio. Lo hizo, y comencé a reconocer que Él había dado Su vida por todos: musulmanes, hindúes, budistas, todos».

Después de graduarse de la universidad en 2004, Hamid aplicó este nuevo entendimiento al trabajo ministerial. Comenzó a acercarse a los musulmanes a través del trabajo a tiempo completo con una gran organización misionera con sede en los Estados Unidos. Muchos cristianos pakistaníes lo criticaron, y le dijeron que debería enfocarse solamente en enseñar a otros cristianos. A pesar de sus críticas, Hamid se mantuvo obediente a lo que consideraba su llamado.

Para prepararse para el trabajo ministerial entre los musulmanes, Hamid estudió la Biblia y el Corán para poder transmitirles mejor las verdades del cristianismo. Sabía que la mayoría de los musulmanes tienen conceptos erróneos sobre el cristianismo.

Entonces, un día en un parque se acercó a un musulmán para hablarle de Jesucristo por primera vez. «Estaba muy asustado —dijo—. Por la gracia de Dios recibí mi primera conversión de origen musulmán en 2004, y luego otra, otra y otra. Cuanto más hablaba con la gente, más valiente me volvía».

Hamid a menudo comenzaba estas conversaciones mediante abrir el Corán y leer pasajes que identificaban a Jesús como un profeta. Entonces abría la Biblia y hablaba sobre lo que decía acerca de Cristo. Para su sorpresa, este método funcionó mejor de lo que esperaba. Mientras que algunos lo rechazaban, otros apreciaban las discusiones.

«Antes de hablar con los musulmanes, antes de aprender esta metodología, yo era un gato; entonces Dios me convirtió en un tigre —dijo Hamid emocionado—. Dios me dio valentía. Cuanto más hablas, más se desvanece tu miedo».

En octubre de 2005, un terremoto considerable sacudió la región septentrional de Cachemira en  Pakistán, y murieron más de 100 000 personas, entre ellas 19 000 niños. Alrededor de 140 000 personas resultaron heridas y más de 3.5 millones de personas se quedaron sin hogar.

A woman rebuilding from the earthquake and moving dirt in wheelbarrow

Aunque Hamid todavía estaba aprendiendo a hablar de Jesucristo con los musulmanes, el terremoto reafirmó su deseo de testificar y ministrar a aquellos que una vez fueron sus enemigos. Después de poner su programa de maestría en espera, se ofreció como voluntario en una organización cristiana con sede en los Estados Unidos que estaba sirviendo a las víctimas del terremoto. El trabajo era tan exigente que Hamid y otros trabajadores a veces dormían solo dos horas por noche. Pero eso no le impidió seguir compartiendo el amor de Cristo con las familias afectadas por el terremoto.

Una noche se quedó despierto hablando sobre la salvación con un chico de 18 años. Al final de la conversación, el joven le dijo: «Después de escuchar tus palabras, siento como si mi padre hubiera estado perdido en la selva y lo hubiera encontrado». Hamid entonces le compartió la historia del Hijo Pródigo, y le explicó que nosotros somos los que estamos perdidos, no nuestro Padre. El chico oró con Hamid y puso su fe en Cristo.

«Esas áreas se consideraban las más hostiles hacia el evangelio antes del terremoto, pero cuando la tierra abrió su boca, los corazones y las mentes, los hogares y las calles también se abrieron para el evangelio —dijo Hamid—. Recuerdo que construí refugios temporales para las víctimas, les di Biblias y oré por el consuelo y la paz del Señor en su quebrantamiento, e incluso lloré y clamé con ellas. Nadie se negó a recibir de nosotros suministros de auxilio —como alimentos, tiendas de campaña, medicinas, mantas y utensilios— ni tampoco nadie se negó a escucharnos hablar del evangelio».

Cuanto más servía Hamid a los musulmanes, más los amaba. Al mismo tiempo, estaba desarrollando una pasión por ver a otros cristianos ser entrenados en la evangelización de los musulmanes. Pronto comenzó a entrenar creyentes en otras partes de Pakistán, y a medida que los musulmanes se sentían atraídos por Cristo, comenzó a formar iglesias celulares que se reunían en lugares secretos.

RESISTIR LA ATRACCIÓN DE ESTE MUNDO

A medida que las iglesias celulares crecían en tamaño e influencia, las organizaciones misioneras estadounidenses se enteraron de la devoción de Hamid por evangelizar a los musulmanes. Años antes, lo habían invitado a pasar tres meses en Estados Unidos para trabajar con cristianos que se habían convertido del islam. Durante su estadía en los Estados Unidos, disfrutó de todas las comodidades de la vida estadounidense, un nuevo ministerio en Texas y la oportunidad de enseñar en una gran universidad. Incluso ayudó a plantar una iglesia para quienes habían sido musulmanes.

Cerca del final de los tres meses, la gente comenzó a tratar de persuadirlo para que se quedara. «Esta es tu casa —le dijeron—. Este es tu trabajo. Deberías quedarte».

Si bien su oferta era atractiva, no se alineaba completamente con el llamado de Hamid. Sintió que Dios lo llamaba a Pakistán a compartir el evangelio con sus vecinos musulmanes. Mientras continuaba orando por el camino que Dios le había propuesto, muchos amigos pakistaníes en los Estados Unidos le dijeron que regresar a Pakistán sería un error.

Sin embargo, una vez más sintió que el consejo de sus amigos era contrario a la dirección de Dios. Y buscó la voz de Dios por encima de la de los demás.

«Continuamente me sentí impelido por una voz interior a regresar y evangelizar a aquellos que no conocen al Señor como su Salvador —dijo—. También quería capacitar y animar a los creyentes locales que se mantenían alejados de la población mayoritaria por ignorancia, falta de conocimiento del “otro” o debido al odio y la amargura».

Entonces vino otra prueba. Durante su estancia en los Estados Unidos, dos prominentes pakistaníes, el gobernador del Punjab, Salman Taseer, y el Ministro de Minorías, Shahbaz Bhatti, fueron asesinados por su apoyo a las minorías religiosas y su oposición a las leyes de blasfemia de Pakistán.

«Tenía buenas razones para decir: “No quiero volver” —dijo Hamid—, pero aún así Dios me estaba hablando desde dentro. Algo me estaba empujando: “Regresa. Reclama a esa gente. Piensa en el 98% de los musulmanes que no me conocen”».

Al final de sus tres meses en los Estados Unidos, Hamid regresó a Pakistán. Él, su esposa y sus dos hijos ahora viven en el pueblo donde Hamid creció, pero su regreso no fue fácil. El apoyo financiero que una vez había recibido de la iglesia local no estuvo disponible al principio, y él y su familia tuvieron dificultades económicas durante un año.

Aunque Hamid no ha experimentado persecución personal desde que regresó, algunos miembros de la familia sí. Su padre enfrenta cargos legales relacionados con su trabajo de evangelización pública y un primo menor fue acusado de blasfemia y ha estado encarcelado por más de seis meses.

Si bien Hamid sigue esperando enfrentar persecución, cree que su enfoque para compartir a Cristo ha llevado a mejores y más profundas discusiones con los musulmanes. Si los musulmanes rechazan el evangelio, él quiere que sea porque están rechazando a Jesús en lugar de cualquier cosa que él haya agregado erróneamente a la conversación.

«La persecución puede venir en cualquier momento, y yo todos los días le pido perseverancia al Señor para soportarla», dijo.

VOM financia la distribución de la Biblia, esfuerzos de evangelización y programas de discipulado en Pakistán, además de que también proporciona asistencia médica, práctica y espiritual a cristianos encarcelados, familias de mártires y trabajadores del frente. También apoyamos a Hamid como trabajador del frente.

Hoy, Hamid continúa su educación y trabaja para una institución privada con el fin de mantener a su familia y financiar sus estudios. No obstante, su objetivo principal sigue siendo el mismo.

«Mi objetivo es llegar a aquellos que no han escuchado el mensaje, y también capacitar a nuevos trabajadores y a nuevos seguidores —dijo—. Tengo muchas oportunidades para compartir el mensaje».

Creyente pakistaní evangeliza a los musulmanes que antes odiaba
Categorías: Historia