A principios de 1990, cuando surgieron grupos militantes para desafiar las demandas de soberanía en la India en el valle de Cachemira, Ahmed, de 27 años, eligió un bando. Aunque veía a los militantes como libertadores, sabía que otros los consideraban terroristas.

Su lealtad fue influenciada inicialmente por sus lazos familiares con Pakistán, que lucha contra la India por el control de Cachemira, predominantemente musulmana, desde 1947. Y cuando los soldados de la India respondieron a las protestas de Cachemira matando a docenas de personas, sus convicciones se consolidaron.

“Yo quería contraatacar”, dijo Ahmed. No era el único con esos sentimientos. Muchos de sus amigos buscaron entrenamiento en un campamento separatista en una parte de Cachemira controlada por Pakistán. “Cuando volvieron —dijo Amhed—, fueron a mi casa llevando rifles AK-47. Esa fue la primera vez que vi esas armas de cerca”.

Varios grupos militantes alentaron a las familias a ofrecer a sus hijos como contendientes por la libertad de Cachemira. A los jóvenes les decían que, si morían en el conflicto, irían al paraíso.

“La situación era bastante tensa en todos lados —dijo Ahmed—. Incluso durante los llamados a la oración, los imanes gritaban: ‘¡Libertad! ¡Libertad! ¡Queremos libertad para nuestro pueblo!´”.

Ese era el tipo de fervor que se había infiltrado en todos, y comenzaron a odiar a los indios”.

Un día, militantes y soldados se enfrentaron en las calles. Ahmed permaneció en casa con su esposa y sus dos hijos pequeños, pero al día siguiente, cuando salió para evaluar los daños, quedó profundamente conmocionado por lo que vio.

“Las calles estaban atestadas de cadáveres —relató—. No se podían contar. Era difícil saber quién había muerto: soldados del ejército, militantes o tu propio hermano”.

Mientras caminaba entre los muertos, Ahmed vio el cuerpo de un amigo cercano. “Acababa de venir a mi casa con un arma —recordó—. Fue desgarrador porque éramos muy unidos. Mi amigo acababa de obtener un trabajo como profesor. Era bastante inteligente, y este fue su fin”.

La muerte y la destrucción cambiaron la visión de Ahmed sobre la insurgencia. De repente, detestó la idea de luchar. “Acababa de convertirme en un joven —dijo—. Tenía mucho por ver en este mundo, pero todo lo que veía era la militancia”.

Aunque no quería formar parte del conflicto, éste lo perseguía. Al salir de su casa, unos dos meses después de la muerte de su amigo, los soldados indios lo detuvieron por su presunta participación en el levantamiento.

“Acababa de despertar y los militares me secuestraron —dijo Ahmed—. Me ataron a un poste eléctrico”.

Los soldados habían bloqueado la entrada a la aldea y arrestado a veinticinco hombres, incluido Ahmed. Golpearon e interrogaron a los hombres antes de llevarlos a un campo de concentración temporal esa noche. Como Ahmed hablaba el mismo idioma que los soldados, pudo persuadirlos para que lo liberaran después de tres días.

Cuando regresó a casa, su madre lo instó a huir a la cercana Jammu, una zona predominantemente hindú donde estaría más seguro. Aceptó y se mudó con su familia en 1991.

El trauma que experimentó Ahmed en Cachemira y posteriormente el estrés de trasladar a su familia lo llevaron a fumar y beber en exceso, lo que le generó una afección médica que requirió hospitalización.

La hermana de Ahmed, que vivía en Jammu y se había convertido recientemente a Cristo, le pidió a su pastor que orara por su hermano. El pastor no solo oró por él, sino que visitó a Ahmed en el hospital. Le habló de Jesucristo y le leyó varios versículos de la Biblia, entre ellos 2 Crónicas 7:14, que dice: “Si mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, se humillare, y orare, y buscare mi rostro, y se volviere de sus malos caminos, entonces yo oiré desde el cielo, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra”.

“Cuando escuché estas reconfortantes palabras — dijo Ahmed—, influyeron mucho en mí y comencé a creer en Jesús. Al cabo de una semana, fui sano de mi enfermedad. Este milagro me dio mucha seguridad para confiar en Jesús, y comencé a orar sin cesar”. Sin embargo, cuando la familia y amigos de Ahmed escucharon que había dejado el islam para seguir a Cristo, lo rechazaron. “Aunque me trataron con dureza —dijo—, no renuncié a mi fe, sino que deseé ganar a mi pueblo para Cristo”.

Ahmed comenzó a estudiar la Biblia y se unió a una pequeña iglesia en casa con solo cuatro creyentes. Después de su bautismo el 10 de mayo de 1992, se sintió llamado a compartir el amor de Cristo con sus vecinos hindúes.

En octubre, Ahmed escuchó a un pastor visitante leer Isaías 6:8, donde el Señor le pregunta a Isaías: “¿A quién enviaré, y quién irá por nosotros?”. Ahmed y los otros tres hombres levantaron la mano, dando la misma respuesta que Isaías: “¡Heme aquí! Envíame a mí”.

“Yo quería predicar el Evangelio — compartió Ahmed—. El pastor decía que yo vivía en un país hindú donde hay oscuridad total y en una ciudad en total penumbra, así que debía llevar la luz”.

Ahmed y los otros evangelistas se comprometieron a compartir el Evangelio por todo Jammu durante los siguientes siete años, llegando a cincuenta hogares cada día. “Me emocionaba ir —comentó Ahmed—, pero al mismo tiempo había un problema; no había estudiado [suficientemente] la Biblia”.

Su pastor acordó ayudarlo a estudiar la Biblia durante un par de horas cada mañana, enfocándose en el Evangelio y en el evangelismo, y luego Ahmed saldría a la comunidad y compartiría lo que había aprendido.

La organización nacionalista hindú Rashtriya Swayamsevak Sangh (RSS) controlaba la zona donde él y sus amigos trabajaban, y sabían que el grupo perseguía a los cristianos en su intento de transformar la India en un estado puramente hindú.

“No teníamos miedo en absoluto, porque habíamos visto y estudiado que Jesús fue golpeado —dijo Ahmed—. Si Él fue golpeado, está bien recibir una paliza. No pensábamos mucho en la persecución. No teníamos miedo”.

La mayoría de los hindúes fueron respetuosos y escucharon su mensaje, y Ahmed dijo que muchos llegaron a la fe en Cristo. Solo de vez en cuando las conversaciones provocaban un debate acerca de la religión.

Sin embargo, con el tiempo, su influencia en la comunidad fue conocida por más hindúes militantes, y un día, mientras los hombres hablaban con los aldeanos acerca de Cristo, varios miembros de la RSS los rodearon y comenzaron a golpearlos.

“Sangraba por la boca —recordó Ahmed—. Mi camisa estaba rota y tenía sangre. Recibí la paliza y me dijeron que no volviera nunca más”.

Pero Ahmed y los demás ignoraron las amenazas. A pesar de los nuevos enfrentamientos con los miembros de la RSS, continuaron proclamando el Evangelio hasta cumplir su compromiso de siete años, a finales de 1999.

“Vimos cómo se plantaron muchas iglesias en esa región —dijo Ahmed—. Mucha gente en la ciudad ha llegado a los pies del Señor, y hay siete iglesias que prosperan y que fueron plantadas por mí y mi equipo”.

Ahmed pronto tuvo un sueño en el que vio un valle lleno de sangre. “Me desperté por la mañana y entendí de qué hablaba el sueño —dijo—. Le dije a mi esposa: ‘Voy a Cachemira’”.

Al regresar a Cachemira para trabajar con otros evangelistas locales, Ahmed conoció a un hombre musulmán llamado Mohammed “Yousuf” Bhat. Los dos hablaron brevemente y Ahmed le dio un Nuevo Testamento. El libro cambió la vida de Yousuf.

“Nos acompañaba a orar y empezó a compartir con otros hermanos —recordó Ahmed—. Comenzó a capacitarse con una organización evangélica y recibió un llamado para servir a Jesús”.

Yousuf rápidamente se ganó la reputación de ser un creyente intrépido y apasionado que no podía callar el nombre de Cristo. A pesar del riesgo de oposición que enfrentaba por parte de los extremistas islámicos, discipuló valientemente a cristianos convertidos del islam y distribuyó Biblias y copias de la película JESÚS por toda Cachemira. Muchos en la región, incluidos los musulmanes, veían a Yousuf como el líder de la iglesia en Cachemira.

No es de extrañar que Yousuf empezara a recibir amenazas de muerte, y Ahmed comenzó a enfrentar su propia oposición. “Mi propia gente (amigos, parientes, vecinos), comenzaron a abandonarme —dijo Ahmed—. El líder mulá emitió una fatwa contra mí porque hablaba sobre el cristianismo. Me sentí muy solo y perdido. Pasé por muchos momentos agotadores aquí, pero Dios estuvo conmigo. Fui abandonado por mis amigos, pero nunca por Dios”.

Ni siquiera una fatwa, una condena pública por parte de un líder islámico, pudo impedir que Ahmed compartiera el mensaje del amor de Dios. De hecho, redobló sus esfuerzos. “No tenía miedo — dijo Ahmed—. No me importaba”.

Durante el mes sagrado musulmán del Ramadán, Ahmed distribuyó copias del Evangelio en casetes de audio a los musulmanes. Algunos hombres musulmanes, enfurecidos por su valentía, lo atacaron físicamente. “Me golpearon y rompieron mi camisa por distribuir Biblias y casetes con el mensaje de Cristo”, dijo.

Después del ataque, Ahmed cambió ligeramente sus métodos, dejando audiocasetes y Biblias impresas en autobuses y otros lugares públicos. “Recibí muchas amenazas de muerte de militantes islámicos —relató—, pero los intentos del engañador para disuadirme no pudieron afectar mi atención de servir al Dios verdadero”.

Durante la siguiente década, Ahmed soportó constantes amenazas y palizas por su trabajo ministerial. La amenaza más alarmante que recibió fue una carta del grupo islamista cachemir Hizbul Mujahideen. El grupo busca separarse de la India y unirse con Pakistán, objetivo que Ahmed compartió alguna vez. “Cuando vi que había llegado una carta al buzón —dijo Ahme —, me aterró leerla”.

La advertencia en la carta era clara: “Deja de predicar al pueblo de Cachemira. De lo contrario, iremos a tu puerta a matarte”.

El grupo islamista cachemir Hizbul Mujahideen amenazó con matar a Ahmed si no dejaba de predicar las Buenas Nuevas de Cristo.

El que el grupo tuviera su dirección actual, después de haberse mudado docenas de veces para proteger a su familia, preocupó mucho a Ahmed. “Decidí huir a otra ciudad —dijo—. Esa misma noche, me puse de rodillas y… escuché claramente una voz que decía: ‘Ahmed, ¿por qué tienes miedo?’”.

Una vez más, Ahmed hizo ajustes en su trabajo para mantenerse a salvo él y su familia, pero su dedicación para proclamar el Evangelio no cesó a pesar de la creciente probabilidad de que compartir pudiera costarle la vida.

Luego, una noche, Ahmed recibió una devastadora llamada telefónica de la esposa de Yousuf. La noche del 1 de julio de 2015, cuatro hombres armados y encapuchados llegaron a la casa de Yousuf y lo escoltaron afuera, donde lo mataron de siete disparos. Todavía no está claro qué grupo es responsable del asesinato de Yousuf.

“Perdimos a un buen soldado en Cristo —dijo Ahmed—. Él era una roca. Extraño su audacia”.

Hoy, a mas de una década de la muerte de Yousuf, Ahmed sigue viendo el fruto de su fidelidad e influencia en todo lugar.

“Cuando voy a predicar, veo a muchos creyentes y buscadores de la verdad que fueron guiados por él —dijo—. De alguna manera, eso me hace sentir feliz y también triste. Honro a mi amigo Mohammed Yousuf Bhat. Algún día lo volveré a ver cara a cara. Hay una recompensa en el cielo para este soldado”.

Entre los años 2000 y 2019, Ahmed se vio obligado a mudar a su familia 185 veces, casi 10 veces por año. Continúa tomando medidas razonables para protegerse a sí mismo y a su familia, sin ceder ante el miedo. Él sabe que Dios está con él.

“Mi trabajo aún no ha terminado —agregó—. Dios tiene un plan y un propósito más grande en mi vida. Nadie puede borrarme de esta tierra hasta que Sus planes se cumplan a través de mí”.

El objetivo de Ahmed es plantar iglesias en casa en cada uno de los diez distritos de Cachemira y capacitar líderes en toda la región. Actualmente hay iglesias en cuatro distritos. “Podemos hacerlo —dijo—. Si Dios está con nosotros, podemos avanzar. Con Dios, podemos hacer cualquier cosa”.

Ahmed y su familia ya no han recibido amenazas, pero sabe que eso podría cambiar en cualquier momento. “La persecución es parte del ministerio —dijo—. En la Biblia, cuando hay persecución, el ministerio crece”.

Por eso, Ahmed confía que el ministerio crecerá sin importar el costo. “Si soy perseguido, lo asumiré —dijo—. Deseo ver una gran transformación en Cachemira. Si me matan, habré peleado la buena batalla. Habré corrido la buena carrera”. 

La lucha por Cachemira
Categorías: Historia, Oración