Cuando Rahim tenía apenas 14 años, se unió al grupo separatista musulmán el-Jihad en el norte de la India, pero el adolescente realmente no creía en la causa. Su región natal, el valle de Cachemira, es 97% musulmana, mientras que el resto del país es predominantemente hindú. Este desequilibrio religioso y cultural ha fomentado tensiones prolongadas y, en ocasiones, violencia a medida que varias insurgencias islámicas han aumentado y disminuido en la región.

Los grupos separatistas dispersos por toda Cachemira exigían apoyo local, lo que dificultaba e incluso hacía peligrosa la vida a las familias que no enviaban a hombres sanos a pelear. Aunque la familia de Rahim estaba políticamente bien conectada y en buenos términos con el gobierno central indio, él se unió a los insurgentes para proteger a su familia del inevitable acoso que recibían quienes no apoyaban la causa separatista.

Rahim se vio obligado a unirse a la insurgencia, aunque no se identificaba con la ideología que la impulsaba. “No conocía a Alá —dijo Rahim—. Lo que sea que los mulás, los maestros, nos enseñaran, eso es lo que seguiríamos haciendo. No había paz interior. No había satisfacción para el alma”.

En 1993, Rahim fue capturado por el ejército indio y detenido durante cuatro meses. Durante ese tiempo, fue duramente interrogado exigiéndole información sobre la insurgencia. Y cuando fue liberado, todavía sentía desesperación e insatisfacción. Sobrevivió haciendo trabajos esporádicos como jornalero, pero el desempleo no fue su mayor problema.

“No podía encontrar a Alá —dijo Rahim—. Eso era muy importante, porque [en la religión musulmana] el temor a Alá siempre era puesto en nuestras mentes. Nunca nos dijeron que Alá es tu amigo y te ama”.

Rahim pensó en suicidarse para escapar de la desesperanza, pero pronto conoció a una joven que le devolvió las ganas de vivir.

Mientras trabajaba en un evento de Ramadán en 2002, Rahim conoció a la mujer que eventualmente se convertiría en su esposa. La atracción fue mutua e inmediata, pero había un obstáculo importante: Rahim era musulmán chiita, y su interés amoroso era sunita.

Las sectas chiitas y sunitas se han considerado mutuamente y durante mucho tiempo como kafirs o herejes. Rahim sabía que sus familias no lo aprobarían, pero decidió continuar con la relación de todos modos. Su familia finalmente cedió, pero la de ella insistió en que no debían casarse. Al final, celebraron una boda civil en los tribunales en lugar de celebrar los rituales islámicos tradicionales.

La luna de miel duró poco. Cuando la familia de la esposa de Rahim se enteró de su paradero, la secuestraron. Fue necesaria la acción de la policía y los tribunales para reunir a los esposos.

“Y vivimos felices para siempre — bromeó Rahim, recordando ese día—. Estábamos juntos, y después de eso todo estuvo bien. Regresé a casa y mi familia estaba feliz de tenerme de vuelta. Pero aun así había un vacío. No estaba contento. Yo buscaba algo más”.

Rahim necesitaba una forma de mantenerse él y a su esposa, por lo que un amigo le enseñó a conducir y lo ayudó a conseguir un taxi. El trabajo proporcionó no solo la solución a las necesidades financieras de Rahim, sino también la respuesta a sus preguntas espirituales… con forma de un inusual pasajero.

Un día de 2004, un hombre abordó el taxi de Rahim y, mientras avanzaban, dijo que sentía que Rahim no estaba contento. Colocó su mano sobre el hombro de Rahim y dijo: “Deberíamos reunirnos”.

La siguiente vez que se vieron, el hombre le preguntó a Rahim si oraba. “¿Estás en contacto con Dios?”, preguntó. Rahim sintió que todo su antiguo escepticismo se elevaba. “Pensé: ‘¿Quién puede realmente conocer a Dios’”, recordó Rahim.

Pero el hombre, un pastor cristiano llamado Ahmed, continuó. “Él me dijo que Dios siempre estaba conmigo —relató Rahim—, y que todo lo que tenemos que decir se lo podemos decir a él. Esto tocó mi corazón”.

A medida que fomentaban su relación, Ahmed le enseñó a Rahim a orar y a acercarse a Dios. Entonces, un día le preguntó a Rahim: “¿Has oído hablar de Cristo?”. A partir de las enseñanzas islámicas, Rahim creía que Jesús era un profeta, pero Ahmed le contó más sobre la vida y las enseñanzas de Cristo. Las ideas de Rahim cambiaron gradualmente, y descubrió que su corazón se sentía atraído por Jesucristo como su Señor y Salvador.

Luego, una noche, Rahim recogió a una pasajera muy angustiada, tenía siete meses de embarazo y sangraba abundantemente. Mientras la llevaba al hospital, comenzó a orar en el nombre de Jesús por la mujer y por su bebé por nacer. Al llegar al hospital, la hemorragia se había detenido. La mujer estaba bien, el parto fue normal y el bebé estaba sano.

“Cuando esto sucedió yo acababa de llegar a la fe [cristiana] —dijo—. El Señor escuchó mi voz y respondió a mi oración. Mi fe realmente creció desde que Dios escuchó mi oración. Fue increíble”.

Para entonces, Rahim y su esposa ya eran padres, y él comenzó a hablarle a sus dos hijos acerca de Dios y la oración. Cuando otros miembros de su familia lo escucharon, confirmaron sus sospechas de que él estaba involucrado con cristianos.

“Hubo un gran alboroto —dijo Rahim—. Dijeron que me había vuelto malo, que era maligno, que era mejor que me fuera [de la casa]”.

Pero lo que pretendía ser un castigo, Rahim lo convirtió en algo bueno. Aprovechó la oportunidad de vivir lejos de su familia para explicarle abiertamente el Evangelio a su esposa. Aunque ella al principio se resistió e incluso se enojó, con el tiempo también puso su fe en Cristo.

Conforme Rahim y su familia se acercaban más a Cristo, el pastor, Ahmed, los desafió a dar otro paso de fe. A instancias suyas, en 2009 se inscribieron en un programa de capacitación bíblica de tres meses, dirigido por un valiente cristiano llamado Mohammed “Yousuf” Bhat. Yousuf también había llegado a la fe en Cristo a través del testimonio de Ahmed.

“Yousuf era una persona muy especial —comentó Rahim—. Si quería convencer a alguien, simplemente mantenía su mano en el hombro de la persona y la persona lo escuchaba. Solía entrar en una mezquita, pararse en el primer piso y orar en el nombre de Jesús. Si había personas discutiendo, él era el primero en intervenir y tratar de evitar que pelearan”.

Yousuf era conocido por ayudar a los pobres y vulnerables, y su servicio era un reflejo de su profunda fe en Dios. También fue un testigo inquebrantable de Cristo, que pacientemente construyó relaciones con los musulmanes y delicadamente les compartió el Evangelio. Rahim aprendió mucho del ejemplo de Yousuf.

Al completar la formación bíblica, Rahim se unió a Yousuf en los esfuerzos de alcance a la comunidad local, compuesta en gran parte por fundamentalistas islámicos. Un día de 2011, mientras los dos hombres comían en un aula donde Yousuf impartía clases bíblicas, un grupo de mulás irrumpió y exigió saber qué hacían allí. Los mulás registraron la habitación y encontraron Biblias en un armario, provocando acusaciones sobre el involucramiento de Yousuf y Rahim en actividades religiosas ilegales. Los mulás llamaron a la policía, y fueron detenidos.

Los colocaron con criminales en una celda pequeña y sucia y fueron humillados. “Todos supieron […] que nos habían arrestado porque ahora seguíamos a Cristo —dijo Rahim—. Quienes pasaban… nos miraban, escupían y decían: ‘¡Maldito seas, maldito seas!’”.

Estuvieron detenidos por trece días en condiciones “patéticas” según Rahim, pero Yousuf le animaba repetidamente a mantener los ojos fijos en Dios. “Yousuf decía: ‘Pase lo que pase, sigue orando, orando y orando’”, recordó Rahim.

Los mulás locales pidieron refuerzos, eruditos y líderes islámicos de lugares tan lejanos como Delhi, para reunirse fuera de la cárcel y protestar contra el evangelismo cristiano. Rahim dijo que Yousuf fue llevado afuera para responder a sus cargos y demandas.

“¡Cómo te atreves a decir que hablas con Dios!”, gritaban los manifestantes. “Por supuesto que hablo con Dios”, respondió Yousuf, recordándoles que la oración también es parte de su fe musulmana.

“Él dio las respuestas correctas a sus preguntas”, dijo Rahim. Finalmente, la policía liberó a los dos cristianos y los puso bajo custodia de los mulás, quienes los mantuvieron encerrados en una escuela islámica por cinco días. “Durante ese tiempo — dijo Rahim—, se nos dijo que nuestro pensamiento estaba mal. Intentaron convencernos de que nuestra fe era falsa”.

Tras varios días de presionar a los hombres para que se convirtieran de nuevo al islam, los mulás cambiaron de táctica. Los enviaron a casa, llevándoles periódicamente regalos de comida y buscando cualquier señal de que habían reanudado su obra cristiana.

La presión y el continuo escrutinio de los mulás, aunque indeseados, no desanimaron a Rahim. Pero sentir la indiferencia de otros cristianos después de su regreso a casa sí tuvo un efecto.

“Nadie me llamó para ver si estaba bien —explicó—. Eso me dolió mucho”.

Un obrero de la primera línea ministerial dijo que muchos cristianos de Cachemira desconfían de aquellos a quienes no conocen personalmente, incluso de sus compañeros creyentes. Viven tantos riesgos día a día que les es difícil acercarse a los demás.

La sensación de abandono de Rahim por parte de los creyentes locales pronto se vio agravada por la pérdida de su medio de vida. Su taxi se quemó sin posibilidad de reparación, y solo Yousuf le prestó ayuda.

“Poco a poco, comencé a alejarme de Dios”, dijo Rahim.

Entonces, un día de invierno de 2013, Rahim comenzó a toser sangre. Estuvo entrando y saliendo del hospital durante una semana mientras los médicos buscaban un diagnóstico. Después de descubrir que los pulmones de Rahim se habían “roto”, los médicos le dieron pocas esperanzas.

Aunque se había alejado de Dios, recordó una canción de oración que solía cantar: “Dios, acuérdate de mí; acuérdate de mí, Señor”. En su débil condición, comenzó a cantar.

Al recordar la escena una década después, los ojos de Rahim se llenaron de lágrimas. “De repente sentí que una brisa me atravesó —dijo—. Los médicos vinieron y me examinaron. Pusieron una cámara adentro y miraron. Discutieron y dijeron: ‘No hay ningún problema. Puedes irte. Estás bien’”. Rahim renovó su amor por Cristo y su llamado gracias a lo que él consideró un milagro.

“Dios no nos abandonará, ni siquiera cuando nos alejemos de Él —afirmó Rahim—. Podemos distanciarnos de Él, pero Él siempre estará a nuestro lado. Ahora mi vida está constantemente en la presencia de Dios. Cualquier asunto, cualquier problema, invoco al Señor”.

La vida de Rahim no ha estado exenta de problemas y penas desde que renovó su fe. El 1 de julio de 2015, hombres armados secuestraron a su querido amigo Yousuf y lo mataron a tiros. “Cuando vi la noticia —recordó Rahim—, me sentí muy desconsolado, porque nunca había visto a nadie como él en Cachemira, con ese tipo de fe”.

El martirio de su mentor sirvió para fortalecer su propia fe, y hoy Rahim trata de imitar el compromiso de Yousuf con la oración, la evangelización y el cuidado de los vulnerables. Siente especial gozo al caminar en las salas del hospital, orando en el nombre de Jesús por los enfermos y los que sufren allí.

Ahora, Rahim dijo que “predica el Evangelio a quien se pueda”. Y al hacerlo, sigue el ejemplo de Yousuf de conocer personas, saber sus historias y luego hablarles la verdad del Evangelio en el contexto de esas relaciones. “Al conocerlos —dijo Rahim—, sé lo que debo hablar con cada persona”.

También ve que equipar a una nueva generación de creyentes es una parte clave de ser un ministro del Evangelio, por lo que se asegura de criar a sus propios hijos para que sean fieles.

“Trato de ir por el camino que el Señor ha establecido para nosotros — dijo Rahim—. Quiero que mi familia sea muy fuerte y firme en la fe. Deben ser fuertes para continuar con el legado”.

Un rebelde por la causa de Cristo
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