Del miedo al perdón
Indonesia
Habiendo sido secuestrado antes, Kila sabía que ser capturado por segunda vez por militantes muyahidines del este de Indonesia significaría una muerte casi segura.
Después de empacar su almuerzo, Kila atravesó la aldea de Kalemago hacia la ladera oriental del monte Pohu. La mañana soleada prometía buen clima para la cosecha de café.
Al principio, Kila se había mostrado reacio a trabajar en la finca cosechando café y cacao. Estaba ubicada prácticamente a las puertas de una base secreta de los Muyahidines de Indonesia Oriental (MIT), el primer grupo extremista indonesio en jurar lealtad al autoproclamado Estado Islámico (ISIS).
Menos de un año antes, Kila y un amigo habían sido secuestrados y tomados como rehenes por militantes del MIT, uno de los cuales Kila identificó como un hombre llamado Qatar, conocido por decapitar a sus víctimas. Al enterarse de que Kila era cristiano, los militantes le habían dicho repetidamente que renunciara a su fe y se uniera a la causa. Aunque Kila estaba seguro de que moriría ese día, los islamistas terminaron liberándolo a él y a su amigo.
“Cuando los islamistas mataron a cuatro caficultores, los sobrevivientes encontraron perdón y sanidad a través de la fe y del cuerpo global de Cristo”.
Una semana después del secuestro de Kila, otros dos granjeros cristianos fueron secuestrados, y esta vez uno de ellos fue asesinado. Los militantes también decapitaron a un oficial militar retirado, también cristiano, en un incidente no relacionado. Luego, en noviembre de 2020, una familia cristiana de un distrito vecino fue brutalmente asesinada, y varias iglesias en casa y capillas de oración fueron incendiadas.
Kila tenía buenas razones para quedarse cerca de la aldea con su anciano padre y evitar la granja en la ladera, pero la mañana del 11 de mayo de 2021, se unió a muchos otros agricultores de Kalemago que aprovechaban el buen clima para trabajar en sus campos.
De camino al cafetal, Kila se detuvo a conversar con sus vecinos Marten Solon y el cuñado de Marten, Simson Susa, quienes ya estaban trabajando en sus campos. Simson, que solía vivir con la familia Solon, se había quedado en la granja recientemente porque había estado enfermo y no podía subir la ladera todos los días. Marten se había reunido con Simson unos días antes para ver cómo estaba y hacerle compañía. Al igual que la mayoría de los agricultores de la zona, tenían una pequeña choza en sus tierras donde podían almacenar suministros, descansar y protegerse de la lluvia. Los agricultores a menudo guardan comida y ropa de cama en las chozas para poder permanecer en las granjas durante la temporada de cosecha en lugar de caminar de ida y vuelta.
Kila continuó su camino, pero poco después de pasar por la granja de Marten Solon vio algo que lo detuvo en seco. Justo delante de él, cinco militantes del MIT estaban poniendo un bloqueo en el camino, y uno de ellos era el hombre conocido como Qatar. Cuando le hicieron señas a Kila para que caminara hacia ellos, el miedo se apoderó de su corazón al recordar su secuestro anterior. Seguro de que no sobreviviría a un segundo encuentro, se metió entre la maleza junto al camino y huyó a través de los campos de café hacia el bosque.
Kila vio a Marten a lo lejos y corrió hacia él. “¡Vienen terroristas! —gritó—. ¡Date prisa y corre!”.
“Iré por Simson primero —respondió Marten, dirigiéndose a la cabaña—. Después me salvaré”.
Kila siguió corriendo durante más de una hora, evitando el camino principal y tratando de tomar la ruta más segura de vuelta a la aldea. Cuando se encontró con otro granjero de Kalemago, le advirtió de los terroristas, y ese hombre también corrió. “Estuve orando a Dios para que salvara mi vida”, dijo Kila.
Cuando Kila llegó a Kalemago, alertó a otros aldeanos y pidió prestada la motocicleta de un amigo. Primero manejó hasta el puesto de seguridad del ejército, pero no había nadie. Al continuar en busca de ayuda, su preocupación aumentó por los amigos y vecinos en el camino de los militantes. Cuando finalmente llegó a una estación de policía, se pusieron en contacto con los militares, que se apresuraron hacia Kalemago.
Sin embargo, para entonces, lo peor ya había ocurrido.
La sombra de la muerte
Indonesia tiene la mayor población musulmana del mundo, en total más de 220 millones de personas, pero las tierras altas de Célebes Central son el hogar de muchos cristianos.
En Kalemago, por ejemplo, todas, excepto tres de las aproximadamente 200 familias, son cristianas.
Sin embargo, Célebes del Sur es donde nace una clase particular de radicalismo islámico que busca convertir a Indonesia en un país Islámico bajo la sharía (ley islámica). Esta ideología radicalizada se ha extendido a Célebes Central, creando una red de islamistas de línea dura que simpatizan con los esfuerzos para erradicar el cristianismo en la isla. La red islamista ayudó a garantizar que el MIT pudiera esconderse y sobrevivir en una zona por demás cristiana, a pesar de los esfuerzos del gobierno por capturarlos. Las autoridades creen que los simpatizantes islamistas proporcionaron al MIT armas e inteligencia para ayudarles en sus actividades terroristas.

Con la ayuda de los obreros de la primera línea ministerial, María Solon (en la foto con sus hijos. Derianto a la izquierda y Antoni en el centro) ha vuelto a cultivar la tierra después del asesinato de su esposo, Marten.
Incluso antes de la serie de secuestros y asesinatos que el MIT cometió en 2020, se había rumorado en Kalemago que el MIT estaba en movimiento. Habían entrado directo a la aldea solo unas pocas veces antes, exigiendo comida y escabulléndose, antes de que llegaran las fuerzas de seguridad. Pero los recientes rumores habían desconcertado a Dewi, la mayor de los cinco hijos de Marten y María Solon.
“Le había dicho a mi padre que dejara de ir a su campo —dijo Dewi—, porque tenía miedo de que se encontrara con terroristas del MIT. Pero solo dijo que hablaría con los terroristas si alguna vez se encontraban”.
Simson, el tío de Dewi, no había bajado de su campo por un tiempo, por lo que Marten decidió asegurarse de que estaba bien. El 11 de mayo, cinco días después de que Marten se fuera a ver a Simson, Dewi se despertó con un presentimiento.
“Estaba un poco preocupada —dijo Dewi—. Quería ir por él de inmediato [en auto] con mi esposo”. Dewi y su esposo tenían que asistir a la iglesia ese día, por un miembro de la iglesia que había muerto repentinamente, pero planeaban manejar hacia los campos luego de ir al funeral.
Después del servicio, un vecino le preguntó a Dewi si su padre ya había regresado de los campos. Luego, poco después, otro vecino le dijo que alguien había reportado un asesinato en el campo. “Mis hermanos fueron al campo acompañados por varios policías —dijo Dewi—. Encontraron el cadáver de mi padre, decapitado, dentro de su choza”.
Traumatizados por el brutal asesinato de su padre, el primer pensamiento de los chicos fue cazar ellos mismos a los asesinos. Pero finalmente decidieron volver a casa y consolar a su familia en lugar de buscar venganza.
“Al final, todo lo que podíamos hacer era entregar las circunstancias a Dios”, dijo Dewi.
La muerte de Marten no fue la única que tuvieron que lamentar. El cuerpo de su tío Simson fue recuperado en su choza, y otros dos hombres de su aldea —Lukas Lese y Paulus Papa— también se encontraron muertos. Sus chozas habían sido vaciadas de todas sus provisiones, y una motocicleta yacía quemada y humeante cerca de una de las víctimas.
Las familias y amigos de los muertos se sintieron abrumados por el miedo y el dolor cuando los soldados del gobierno comenzaron a buscar a los militantes en las densamente boscosas tierras altas centrales.
Sanidad y una fe más fuerte
Kila permaneció voluntariamente bajo custodia policial durante unos días después de los asesinatos. “Además de interrogarme sobre el incidente —dijo—, también les preocupaba que los terroristas del MIT me persiguieran y mataran porque soy un testigo vivo. Eso era lo que el MIT más odiaba”.
Durante meses después del ataque, Kila sufrió un miedo paralizante. No podía comer, dormir ni trabajar, y también desarrolló problemas de salud. “Ya no me atrevía a ir a mi granja —dijo—. Me horrorizaba el recuerdo de cómo esas víctimas fueron masacradas”.
Kila se fue a vivir con una hermana mientras se recuperaba del trauma. Obreros de la primera línea ministerial le proporcionaron alimentos para varios meses, y además recibió consuelo y apoyo de la familia de su iglesia local, así como del cuerpo global de Cristo. Los ataques de pánico y los problemas de salud que sufrió después del ataque han disminuido gradualmente, y espera regresar a casa con su padre en Kalemago.
“Me siento agradecido con Dios por poder seguir viviendo —dijo—. Sé que Dios todavía tenía un plan para mi vida”.
Durante los 18 meses posteriores al ataque, todos los miembros conocidos del MIT fueron asesinados o arrestados y encarcelados. Aunque Kila estaba satisfecho de que se hubiera hecho justicia en la tierra, entendió que perdonar a sus atacantes era mucho más importante para él.
“Hace mucho que los perdoné — dijo—, porque en cierto sentido no sabían realmente lo que hacían. Los ojos de sus corazones estaban cegados por las enseñanzas que justifican matar por causa de una religión”.

Las fuerzas especiales indonesias rastrearon a los terroristas del MIT que cometieron los asesinatos en Kalemago. Qatar (arriba en el centro) estaba entre los que habían secuestrado previamente a Kila.
La familia de Marten Solon también ha pasado por un largo proceso de sanidad. Con la ausencia de Marten, la familia ha tenido que hacer muchos ajustes. María, su esposa, trabaja como jornalera en los campos de otros agricultores y cuida otro campo proporcionado por obreros de la primera línea ministerial. El campo fue escogido debido a su proximidad a la aldea; regresar a la granja donde ocurrieron los asesinatos sería demasiado doloroso.
El hijo menor de los Solon, Antoni, sufrió de culpa y remordimiento porque discutió con su padre días antes del asesinato. Había estado faltando a la iglesia por pasar tiempo con amigos, y su padre le advirtió que no abandonara su fe por seguir un camino equivocado.
“Después de su muerte —dijo Antoni—, me di cuenta de lo valiosa que era su sabiduría en mi vida. Ahora me doy cuenta de que mi vida depende completamente de Dios. Mi padre murió, pero tengo un Padre en el cielo que me ama”.
Antoni se mudó al sur de Célebes después del ataque para vivir con una tía y ayudar a cuidar sus campos de fresas. Ahora sirve como líder de adoración y oración, y espera algún día convertirse en pastor. Dijo que su experiencia de sufrimiento lo ha preparado para una vida de servicio cristiano.
“Continuaremos siendo seguidores de Cristo, sin importar lo que suceda”.
“El Señor Jesús fue perseguido hasta la muerte en la cruz, así que nosotros, sus discípulos, seguramente experimentaremos lo mismo”, dijo Antoni.
Cuando se le preguntó si el miedo a la persecución podría hacerles ocultar su fe, la hermana de Antoni, Dewi, dijo: “Nunca ha habido duda en nuestros corazones acerca de eso. Continuaremos siendo seguidores de Cristo, sin importar lo que suceda.
“Dios ya nos ha fortalecido y ayudado —continuó—. Creemos que Dios seguramente nos ayudará si la persecución llega de nuevo”.