Emily no encajaba en su nueva escuela. La mayoría de los seiscientos estudiantes eran musulmanes, con unos pocos hindúes, y Emily, de 9 años, era una de los dos estudiantes cristianos. Mientras que su condición de “niña nueva” la hacía destacar lo suficiente, la fe cristiana de su familia finalmente la convirtió en un objetivo en el Bangladés de dominio musulmán, donde solo menos del 1% es cristiana.

Asumiendo que Emily era hindú debido a su apellido, una maestra le preguntó a la nueva estudiante de cuarto grado si podía comer carne de res. Cuando Emily contestó que sí porque era cristiana, un grupo de chicas que estaba cerca escuchó su respuesta. “Y ahí comenzó”, dijo Emily.

Al principio, las niñas acosaban a Emily robándole su botella de agua y su almuerzo, y luego la amenazaron con expulsarla de la escuela. Aunque Emily no había hecho nada malo, las chicas la atormentaban psicológicamente.

“Mi primera reacción fue de shock —dijo Emily—, me sentía traicionada. Luego todo se intensificó. Estaba enojada con la mayoría de ellos y con los maestros porque sabían lo que estaba pasando y no hacían nada”.

Eventualmente, las niñas comenzaron a insultar a Emily y a ridiculizar su fe. Le dijeron que Jesucristo no había nacido de una virgen y que los relatos de los evangelios estaban llenos de mitología. Emily dijo que, de alguna manera, los ataques a su fe dolían más que los golpes personales. “A veces lloraba”, dijo.

En quinto grado, Emily hizo una amiga, una niña musulmana que la aceptó a pesar de su fe cristiana. Cada vez que estaban juntas, las abusivas no molestaban a Emily, pero cuando Emily estaba sola, se aprovechaban.

Un día durante el almuerzo, seis niñas rodearon a Emily y una de ellas le pidió un pedazo de la salchicha de pollo que había traído para el almuerzo. Confundida, Emily le entregó su comida. Mientras la niña le daba un mordisco y lo masticaba, las otras cinco chicas sostuvieron a Emily de brazos y piernas y le obligaron a abrir la boca. Entonces, la niña escupió la salchicha masticada y la metió en la boca de Emily.

“Mi reacción inmediata fue contraatacar —dijo Emily—. Lo hice y me lastimé”. Cuando la madre de Emily, Anjoli, la recogió ese día de la escuela, Emily estaba llorando. “Ella no dijo qué sucedió —dijo Anjoli—. Después de unas horas en casa, finalmente lo hizo”.

Emily se sentía cada vez más aislada, y eso se reflejó en sus calificaciones. En los días en que su amiga no estaba en la escuela, Emily se escondía en un armario. Ella hacía lo que fuera necesario para sobrevivir al día escolar.

Este fue el primer ataque personal que Emily experimentó a causa de su fe, pero no era el primero que había padecido. En el 2005, cuando tenía solo unos meses de edad, más de 50 personas atacaron una escuela de entrenamiento de discipulado que sus padres acababan de establecer. Empuñando palos de bambú y machetes, la turba destrozó las ventanas del edificio y lanzó insultos y amenazas a la familia.

“No sabíamos qué hacer —dijo Barun, el padre de Emily—. No teníamos forma de contactar a la policía y no conocíamos a mucha gente en la ciudad. Comenzamos a orar. De repente, después de un tiempo, todo estuvo en silencio. Dejaron de golpear y gritar”.

Barun nunca supo por qué huyo la multitud, pero lo considera una oración contestada. Ahora, cuando Emily enfrentaba su propia persecución, sus padres nuevamente oraron por la intervención de Dios. “Yo lloraba, ayunaba y oraba por su situación —dijo Anjoli—, porque si ella dejaba de ir a la escuela, su futuro se vería afectado. Yo tenía que orar y decirle: ‘Todo estará bien’”.

Los padres de Emily le enseñaron a soportar, no solo por ella, también por su fe. Cuando estaba en sexto grado, sus padres le hicieron una petición a su director: dado que los estudiantes musulmanes e hindúes no asistían a la escuela en los días de sus fiestas religiosas, pidieron que Emily no asistiera en los días de las fiestas cristianas.

En Bangladés, como en otros países musulmanes, los estudiantes no asisten a la escuela los viernes, el día de descanso musulmán, pero sí asisten los domingos. Después de que Barun y Anjoli le pidieron repetidamente al director de Emily que la excusara el domingo de Pascua, el director agregó la Pascua al calendario de días festivos de la escuela. Luego, el director hizo otro movimiento inesperado: invitó a Emily a hablar sobre la Pascua durante una reunión escolar.

“Pensamos: ‘OK, tenemos una victoria’ —dijo Barun—. Entonces pensé que tal vez Dios tendría más planes”.

Al principio Emily estuvo ansiosa cuando le pidieron que diera el discurso, pero luego lo vio como una oportunidad. “Fue una buena manera de hablarles de Jesús —dijo—, porque nadie sabía realmente qué era la Pascua o por qué la celebrábamos”.

Barun ayudó a Emily a escribir su discurso, adaptándolo a la audiencia mayormente musulmana de la escuela que veía a Jesús como un profeta. Barun y Emily escribieron sobre la vida, las enseñanzas, los milagros y la muerte de Cristo en la cruz. Y el discurso culminó con Su resurrección, seguida de una invitación a la fe en Cristo y a la vida eterna.

El domingo siguiente, durante una reunión al aire libre fuera de la escuela, Emily se acercó a un pequeño podio frente a un mar de gente. Temblando de nervios, se acercó al micrófono y comenzó a hablar. Sus padres estaban justo afuera de la puerta de la escuela debajo de un árbol, escuchando atentamente.

“Estaba temblando porque tengo pánico escénico —recordó Emily—. También estaba nerviosa por lo que mis compañeros de clase pensarían sobre las cosas que yo diría”.

Con la ayuda de altavoces, compartió su testimonio con seiscientos estudiantes y casi cincuenta maestros y personal escolar. Muchos padres también estuvieron presentes. El volumen de los altavoces hizo que su testimonio también se escuchara en un colegio médico, un hospital, tiendas y un área residencial cerca de la escuela.

Mientras leía su discurso, Emily, de 12 años, escuchó a los estudiantes reírse de sus palabras. “Si miraba a la audiencia, sabía que tendría miedo —dijo—. Al terminar, por fin levanté la vista”.

Luego se alejó del podio, preparándose para una reacción violenta.

Emily esperaba que su discurso provocara más persecución, pero algo diferente sucedió. Inmediatamente, e incluso años después, Emily vio a Dios usar su discurso de maneras poderosas.

Algunos maestros musulmanes se acercaron a Emily con preguntas sorprendentes. Varios pidieron una copia de su discurso, e incluso dos le pidieron Biblias, y Barun felizmente se las dio.

Las chicas que la habían intimidado de repente detuvieron el acoso, y una de ella se disculpó con Emily y le pidió una Biblia. Más de un año después, el maestro de matemáticas de Emily asistió a un servicio navideño con Emily y su familia, y luego le dieron una Biblia.

Recordando, Emily dijo que aprendió muchas lecciones de la persecución que soportó. Ahora entiende que Dios siempre está con ella y que, de hecho, usa todas las cosas para Su gloria. La persecución también le enseñó que nuestros desafíos personales a menudo nos benefician.

“Creo que a veces la persecución es otra forma de crecer en la fe —dijo Emily—. Aun cuando eres perseguido y sufres, produces frutos más dulces”.

Durante los últimos dos años, Emily, ahora de 17, ha estado asistiendo a un internado cristiano en la India. Planea ingresar en dos años al entrenamiento de discipulado antes de asistir a una universidad. Y eventualmente, espera trabajar de tiempo completo en el ministerio, al igual que sus padres.

“Siento que sería una aventura — dijo—. Me gusta la aventura. También me gusta que mucha gente llegue a conocer a Dios. Sería un ganar–ganar”.

Emily anima a los adolescentes o jóvenes que quieran compartir su fe en la escuela a orar y confiar en que Dios les dará las palabras para hablar. “Después de todo, al menos algunos recibirán el mensaje en su corazón y se acercarán a ustedes para saber más —dijo—. No tengan miedo”.

La chica que actuó con valor
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