De izquierda a derecha: Ephrem, Negasi y Dinaw descubrieron que seguir a Cristo era mucho más difícil después de ser liberados de prisión.

Negasi creció en una iglesia tradicional, pero también asistió a una escuela especial en una ciudad al norte llamada Gondar —que fue la capital del antiguo imperio etíope, Abisinia— donde aprendió a lanzar maldiciones demoníacas y hacer que la gente aparentemente perdiera la cabeza. Se volvió tan competente en brujería que fue honrado con un título reservado para los mejores estudiantes.

Más tarde, después de mudarse a Axum, una ciudad en la región de Tigray que a menudo es considerada como la capital espiritual de Etiopía, Negasi abrió una farmacia para complementar sus ingresos. Mientras el nuevo negocio prosperaba, él comenzó a sentirse condenado gradual e inexplicablemente por sus servicios de magia negra.

La mayoría de los cristianos en Etiopía pueden adorar libre y abiertamente, pero aquellos que abandonan el islam o la iglesia tradicional etíope para seguir a Cristo, enfrentan oposición.

Un día, un cliente le preguntó a Negasi si podía curar a su hermana, que estaba gravemente enferma y vivía en Alemania. El hombre explicó que su hermana se había convertido en penti (un término despectivo para referirse a un cristiano) y que él creía que estaba poseída por un demonio.

“En aquel tiempo, yo consideraba que ser un penti era la cosa más mala del mundo”, dijo Negasi. Y él estaba decidido a hacer todo lo que pudiera para ayudar a la hermana de su cliente.

Negasi le dijo al hombre que él podía lanzar un conjuro para curar a su hermana, pero que ella tendría que presentarse en su tienda para hacerlo en persona. El hombre estuvo de acuerdo, pagó a Negasi la mitad de la tarifa por sus servicios y se comprometió a llevar a su hermana a la farmacia.

Ocho meses después, el hombre regresó a la tienda con su hermana, pero Negasi había olvidado su acuerdo y nunca ordenó los artículos necesarios para el hechizo. Enfurecido, el hombre presentó cargos contra él, y Negasi fue arrestado inmediatamente.

Mientras un oficial de policía escoltaba a Negasi a la cárcel, pasaron junto a un grupo de niños jugando con unas extrañas monedas. Lleno de curiosidad, Negasi preguntó a los chicos si podían regalarle una de las monedas. Cuando cedieron, él puso el regalo en su bolsillo. Aunque en ese momento la moneda no tuvo ningún valor para Negasi, algún día se convertiría en un preciado recuerdo.

Después de un juicio de seis meses, Negasi fue declarado culpable y sentenciado a tres años y 10 meses de prisión. Compartió una pequeña y estrecha celda con varios hombres, y el único lugar para dormir que encontró fue junto al inodoro.

Mientras sufría en prisión por su delito, Negasi comenzó a pensar que Dios lo estaba castigando por practicar la brujería; él temía las consecuencias de sus pecados más de lo que temía a la muerte. Estando tan deprimido incluso para comer, pasó veinte días sin alimentarse.

Entonces, un día clamó a Dios con espíritu quebrantado: “Sé que soy un pecador y que no merezco estar en Tu casa contigo en el cielo —oró—. Pero si hay algún lugar afuera de Tu casa para mí, por favor permíteme ir allí”.

Agobiado por el peso de sus pecados, Negasi se confesó con un sacerdote ortodoxo etíope en la prisión, creyendo que la confesión con un sacerdote era necesaria para obtener el perdón. “Pero debido a que conocía el peso de mi pecado —dijo Negasi—, no sentí consuelo después de mi confesión”.

Buscando algún tipo de penitencia por sus malas acciones, Negasi se dedicó a las enseñanzas centrales de la iglesia ortodoxa etíope. Él celebró a un santo diferente cada día, tal como lo hace la iglesia, y sacó una Biblia ortodoxa etíope de la biblioteca de la prisión. Trató de memorizar los nombres de los ochenta y un libros de esa Biblia, y también tomó prestada otra Biblia, de 66 libros, que encontró en la biblioteca.

Cada vez que Negasi intentaba estudiar la Biblia ortodoxa etíope, que está en la antigua lengua de Ge’ez, se quedaba dormido —aun cuando no estaba cansado. Sin embargo, fue cautivado por la otra Biblia que estaba en Tigriña (su lengua materna) y pronto notó pasajes que contradecían muchas cosas que él había creído.

Una noche, Negasi tuvo un sueño en el que se le dijo que la salvación que él estaba buscando se encontraba en los Evangelios. Y después de un estudio más profundo de la vida y las enseñanzas de Jesucristo, concluyó que la salvación se encuentra solamente a través de la fe en Cristo.

Leer la Biblia en su idioma nativo, llevó a Negasi a entender su necesidad de salvación solamente a través de la fe en Cristo.

Lleno de gozo, Negasi comenzó a compartir esta revelación con todos los que pudo. Cuando tenía permitido salir de su celda, caminaba de celda en celda contándole a otros prisioneros acerca de Cristo. Explicaba todo lo que podía antes de que los reclusos o los guardias se enojaran y lo obligaran a irse.

“Yo no entendía por qué este mensaje no había sido enseñado”, dijo.

Negasi no sabía que la Biblia Tigriña que había estado leyendo era la misma utilizada por muchas iglesias bíblicas en Etiopía. Y no se daba cuenta de que el Evangelio que había cambiado repentinamente su vida, era el mensaje principal de las iglesias bíblicas de todo el mundo.

“Sabía que el Espíritu Santo estaba obrando en mi corazón, pero yo creía que estaba compartiendo algo que era completamente nuevo para el mundo. Me apasionó tanto predicar este mensaje, que me olvidé de mis tres años en prisión”, comentó.

Cada mes, algunos prisioneros se reunían para adorar imágenes del ángel Gabriel. Pero después de comprender el Evangelio, Negasi se negó a acompañarlos, explicando que solo Dios es digno de adoración. Como resultado, muchos de los reclusos lo amenazaron, llamándolo penti y hereje.

Cuando los guardias se enteraron de que Negasi había estado compartiendo el Evangelio, le ordenaron que se detuviera. Al negarse, lo trasladaron a una celda de máxima seguridad y le colocaron grilletes en los pies.

Después de un tiempo, Negasi regresó a la zona de mínima seguridad, donde conoció a alguien recientemente transferido a la celda llamado Ephrem. Al igual que Negasi, Ephrem había crecido en la iglesia tradicional, había aprendido y practicado la brujería, y había estado cuestionando lo que creía.

Además, él también fue encarcelado por recibir un pago sin proporcionar los servicios de brujería prometidos. Cuando Ephrem fue trasladado a la prisión en Axum, sus compañeros de celda le advirtieron sobre las enseñanzas de Negasi.

Ephrem pronto escuchó las enseñanzas de Negasi, e inicialmente las rechazó, incluso delató a Negasi con las autoridades. Pero con el tiempo se dio cuenta de que estaba más en conflicto con lo que había creído que con las enseñanzas que escuchaba de Negasi. Esto lo llevó a un estudio personal y más profundo de la Biblia.

Mientras la estudiaba, fue impactado por las palabras de Jesús en Juan 14:6: “Yo soy el camino, y la verdad, y la vida. Nadie viene al Padre, sino a través de mí”. Cuando le preguntó a Negasi sobre el versículo, él le explicó que de acuerdo con la Palabra de Dios, la salvación viene solo a través de la fe en Cristo y no a través de rituales hechos por el hombre.

Convencido de que la interpretación de Negasi del Evangelio era verdad, Ephrem puso su fe en Cristo. Él y Negasi pronto se hicieron amigos cercanos y, juntos, continuaron evangelizando a sus compañeros de prisión.

Pero cuando las autoridades se enteraron de que otro prisionero había comenzado a predicar el Evangelio, decidieron tomar medidas.

Los guardias encerraron a Negasi en confinamiento solitario y sin luz durante varios días. De vez en cuando enviaban a otro prisionero, llamado Dinaw, para ver cómo estaba y llevarle sus raciones diarias.

Dinaw había crecido en una pequeña aldea no muy lejos de Axum. Después de casarse y formar una familia, trabajó como obrero agrícola en su aldea. Cuando conoció a Negasi, cumplía una condena de tres años de prisión por atacar a un vecino después de una disputa.

Sus compañeros de prisión habían advertido a Dinaw sobre el mensaje del Evangelio que estaba siendo compartido por Negasi y Ephrem. Pero como Dinaw entregaba a Negasi sus alimentos cada día, lo conoció mejor. Y después de que Negasi fuera liberado del confinamiento solitario, Dinaw se hizo buen amigo de él y de Ephrem.

Aunque Dinaw quería seguir a Jesús de acuerdo con las enseñanzas de sus nuevos amigos, temía las repercusiones. “Cuando llegue la persecución, yo lo negaré — les dijo a Negasi y a Ephrem—. Todos sufrimos en prisión, pero ustedes sufren aún más”.

Negasi alentó a Dinaw con pasajes de Juan 16 y Romanos 8, explicando que las pruebas, tribulaciones y persecución son parte de seguir a Jesucristo. Y después de tener un mejor entendimiento de lo que significa ser Su discípulo, Dinaw puso su fe en Él.

Cuando Negasi, Ephrem y Dinaw se enteraron de que había muchos otros cristianos bíblicos como ellos, se emocionaron y se llenaron de valor para continuar compartiendo el Evangelio.

Algunos de los familiares de Dinaw que trabajaban como oficiales de la policía local pronto informaron de su fe “herética” a su padre, quien decidió reunir a los hermanos y amigos de Dinaw e ir a hablar con él. “¿Te convertiste en un penti? —le preguntaron a Dinaw—. ¿Cambiaste de religión?”.

“Mi religión no ha cambiado, pero mi vida sí —respondió Dinaw—. Se la entregué a Jesús”.

El padre de Dinaw estaba tan enojado que fue a casa y escribió una carta para el jefe de policía, instándolo a mantener a su hijo tras las rejas incluso después de que fuera elegible para ser liberado. Cuando los guardias informaron a Dinaw sobre la carta de su padre, su respuesta los sorprendió.

“Me gusta la prisión —dijo a los guardias—. Aquí puedo leer mi Biblia todos los días, así que no se preocupen por eso”.

Después de que se corriera la voz entre algunos pastores locales de que tres prisioneros estaban compartiendo el verdadero Evangelio tras las rejas, decidieron visitar a los hombres y alentarlos. Pero cuando los pastores llegaron y pidieron hablar con ellos, Negasi estaba confundido.

—¿Quiénes son ustedes? —preguntó. —Somos sus hermanos —contestó uno de los pastores.

Los pastores les explicaron que todo lo que ellos habían estado enseñando a otros reclusos se alineaba con los principios centrales del cristianismo bíblico. Y los tres prisioneros se emocionaron al saber que muchos otros estaban compartiendo el mismo mensaje del Evangelio.

Los pastores los visitaban regularmente para discipularlos y fortalecer su amistad.

En poco tiempo, Negasi, Ephrem y Dinaw estaban predicando el Evangelio en toda la prisión más audazmente. Como resultado, quince prisioneros llegaron a la fe en Cristo.

Después de cumplir sus sentencias y ser liberados de prisión, los tres hombres descubrieron rápidamente que seguir a Cristo en el norte de Etiopía es más difícil fuera de la prisión que tras las rejas.

Cuando la esposa de Negasi se enteró de su fidelidad a la Palabra de Dios y de su afán por compartir el Evangelio, se divorció de él y se llevó a su hija.

Y Dinaw, originario de una pequeña aldea, luchó por encajar. No conocía a ningún otro cristiano en la parte de la ciudad donde se estableció. Así que después de un tiempo, regresó a su aldea natal, donde enfrentó continuas amenazas.

A medida que los cristianos han compartido el Evangelio y plantado iglesias en el norte, algunos miembros de la Iglesia Ortodoxa Etíope han llevado a cabo ataques violentos contra ellos. Y en algunos casos, los cristianos tradicionales se han aliado con los musulmanes en contra de los cristianos bíblicos, que son percibidos como un enemigo común.

Dinaw estaba durmiendo en un campo cercano, cuidando a sus vacas, cuando los aldeanos encerraron a su esposa e hijos dentro de su casa y le prendieron fuego.

Casi año y medio después de que Dinaw regresara a casa, las amenazas se convirtieron en una violenta persecución contra su familia. Una noche, cuando él dormía en un campo cerca de su casa para cuidar de sus vacas, un grupo de aldeanos llegó a su casa. Ellos cerraron la puerta desde el exterior con una cuerda, atrapando a la esposa de Dinaw y a sus hijos dentro mientras dormían.

Dinaw despertó por el olor a humo y vio su casa arder a unos pocos metros de distancia. Después de correr a casa tan rápido como pudo, desató la cuerda que mantenía la puerta cerrada y sacó a su familia justo a tiempo. Durante un tiempo, él y su familia vivieron bajo una pequeña y simple estructura hecha con madera y una lona. En 2019, La Voz de los Mártires (VOM) reconstruyó su casa.

A pesar de los desafíos, los tres hombres se han mantenido firmes en la fe. Y Dinaw, que una vez se resistió a seguir a Cristo por temor a la persecución, ahora la acepta como parte fundamental de la fe cristiana.

“No me alteró que mi casa fuera destruida —dijo— porque supe que el Señor me había llevado a dormir con mis vacas para poder salvar a mi familia. Mientras veía arder mi casa, me vino a la mente la historia de Mesac, Sadrac y Abednego. Me pasó lo mismo que a ellos; me pedían que adorara a otro Dios y les dije que no, así que trataron de convencerme con fuego. Pero nuestro verdadero hogar está en el cielo. Solo quemaron mi casa terrenal, así que mi corazón no está lleno de odio, y oro por ellos”.

El hombre en la foto perdió su medio de subsistencia en un ataque de extremistas islámicos en Etiopía.

Cuando se le preguntó por qué se había quedado en su aldea, bajo las continuas amenazas de muerte, Dinaw explicó que no tiene miedo a la muerte. “Mi vida pertenece a Dios, y creo que Él me puso aquí —dijo—. No sé por qué quiere que me quede aquí, pero creo que Él está obrando. Si Él permite que me maten, estoy listo para morir. Si Él quiere salvar a toda la aldea, entonces solo tengo que ser paciente. Jesús murió públicamente, no clandestinamente, así que quiero morir sin esconderme. Esa es la máxima expresión del Evangelio”.

Cuando Negasi reflexiona sobre los últimos años, él también ve cómo Dios ha obrado en su vida. Tras ser liberado de prisión, los guardias le devolvieron todas sus pertenencias. Y en el bolsillo de una prenda encontró la moneda que los niños le habían dado de camino a la cárcel.

En una cara de la moneda estaba impreso “Juan 3:16” y las palabras “Los que tienen al Señor Jesús tienen vida eterna”. En el otro lado de la moneda estaba la pregunta: “¿Dónde está tu hogar eterno?”. Negasi todavía lleva la moneda con él como un recordatorio de que el Señor le permitió ser llevado a prisión para que encontrara su nuevo hogar eterno.

“Doy gracias a Dios porque me puso en prisión para un propósito”, dijo. Negasi ahora estudia en una escuela bíblica y espera convertirse en pastor de tiempo completo. Ha devuelto todo el dinero que le debía al hombre que presentó cargos contra él, y ahora son buenos amigos. Aunque el hombre no es creyente, Negasi espera que pronto lo sea.

“Siempre serás una persona de bien para mí porque tú me metiste en prisión”, le dijo Negasi al hombre. “No te olvidaré, porque me ayudaste a encontrar la vida eterna”. 

Encontrando su hogar eterno en la prisión
Categorías: Historia, Oración