Los ocho jóvenes cristianos conversaban emocionados en la parte trasera de su camioneta mientras se dirigían al extremo occidental de Pakistán, cerca de la frontera con Afganistán. Habían completado un curso de discipulado de tres meses y estaban yendo a su primer viaje ministerial. Entonces, el 24 de diciembre de 2017, un neumático de su camioneta se averió cerca de un mercado local.

Sabiendo que en esa zona vivían musulmanes y que muchos batallaban con el abuso de drogas, distribuyeron folletos acerca de Jesucristo mientras reparaban el neumático. Cuando un grupo de hombres se reunió alrededor de un creyente llamado Haroon, él les habló con entusiasmo sobre el amor de Cristo por ellos y los animó a poner su fe en Él. Varias personas se acercaron para recibir literatura, pero luego otro de los cristianos, Atish, notó que varios hombres se abrían paso hacia ellos.

“¡Vengan con nosotros ahora!”, exigieron los hombres. Eran miembros de la policía secreta.

Después de saquear la camioneta, las autoridades metieron a cinco de los ocho cristianos (a todos los hombres) en un automóvil y los llevaron a la estación de policía local. El resto del grupo, tres mujeres cristianas, los siguió en otro vehículo.

La policía confiscó todas las pertenencias de los cristianos: sus bolsos, computadoras, Biblias y tarjetas SD. Asustados y conmocionados, los jóvenes comenzaron a orar. Era la primera vez que experimentaban tal oposición por su fe.

La policía condujo a los cinco hombres a una habitación y comenzó a interrogarlos. “¿Vinieron a difundir el cristianismo aquí? —preguntó uno de ellos—. ¡Quieren que todos se hagan cristianos!”.

Después de una hora de abuso verbal, llegaron algunos soldados armados y repitieron las mismas acusaciones: “¡Vinieron aquí para difundir el cristianismo!”, insistieron.

Luego, para agravar el temor de los cristianos, los soldados pusieron sacos sobre sus cabezas y los subieron en un camión, dejando a las mujeres en la estación de policía. Llegaron a otro lugar alrededor de la medianoche, donde, aún sin poder ver, los interrogatorios continuaron durante varias horas más.

La policía secreta detuvo a un grupo de jóvenes evangelistas en Pakistán que distribuía folletos de Cristo. Después de su liberación, regresaron a su trabajo ministerial.

En las primeras horas de la mañana, los jóvenes fueron subidos de nuevo al camión y llevados a otro lugar. Ahí, los soldados golpearon sus piernas con un palo para hacerlos hablar.

Haroon estaba asustado. Como líder del grupo, era responsable de los estudiantes. “Por favor, ayúdanos, Dios”, oró. Después de varias horas más de interrogatorio individual, los cinco creyentes fueron llevados a una habitación y se les ordenó sentarse.

Cada día posterior fue lo mismo: interrogatorios y palizas. “Si aceptas el islam, te perdonaré —le dijo el interrogador a Haroon—, pero si no lo aceptas, te mataremos. Te cortaremos en pedazos y te arrojaremos al río”.

Haroon no se inmutó por las amenazas del interrogador. “Estoy listo para morir —respondió—. No dejaré a Jesucristo. Él es mi Salvador, y yo soy Su hijo. Él me liberará”.

Los cinco hombres estuvieron en celdas oscuras, donde durmieron en un piso de concreto caliente. Fueron azotados, golpeados con palos, pateados y obligados a permanecer en una misma posición durante horas. Durante sus palizas, podían escuchar los gritos de otro cautivo en una habitación cercana. Cuando insistieron en permanecer fieles al Señor, fueron golpeados más severamente.

“Estábamos muy asustados —dijo Atish—. Nos dijeron que pasaríamos seis o siete años en la prisión, y nuestras familias no sabían dónde estábamos”.

Cada día se levantaban a las cinco de la mañana para orar juntos y se turnaban para ayunar cada día. Oraban por Pakistán, por el consuelo y la fortaleza de sus padres, por perseverancia y libertad. “Orábamos al Señor: ‘No sabemos dónde estamos, pero muestra Tu favor para que podamos salir’”, recordó Atish. También les preocupaba lo que podría suceder con las tres mujeres de su grupo. “Estábamos orando por nuestras hermanas”, agregó.

Después de 52 días, las autoridades volvieron a colocar bolsas sobre la cabeza de los jóvenes y los subieron en camiones. Subieron una montaña, detuvieron los camiones, sacaron a los hombres y les ordenaron que se arrodillaran. Atish pensó que estaban a punto de ser asesinados. Pero en lugar de ello, los soldados les dijeron que contaran hasta 500, regresaron a sus camiones y se fueron. Tras esperar un minuto, ¡Atish quitó el saco de su cabeza y vio que todos sus captores se habían ido!

“Comenzamos a alabar y adorar a Dios —dijo Haroon—. Ese día fue muy emocionante para mí. Dios nos ayudó y contestó nuestras oraciones”.

Después de hacerle señas a alguien que pasaba por el camino, los cinco jóvenes regresaron a casa. Agradecieron saber que, aunque las mujeres estuvieron en la estación de policía durante una semana, solo sufrieron abusos verbales.

Haroon y Atish regresaron a trabajar en el ministerio después de su liberación, pero Haroon tuvo ansiedad durante meses y ambos a veces sienten miedo. “Tuve pesadillas y me preocupaba que nos volviera a pasar lo mismo”, dijo Haroon.

Atish dijo que recurre a la fe y la oración para superar su miedo. “A veces soy valiente, y a veces me atormenta — dijo Atish—. Solo la oración te da fuerza en estas pruebas”. Aunque la familia de Haaron trató de disuadirlo, él está comprometido en su labor misionera: “Estoy listo para morir por Jesucristo”.

52 Días en cautividad
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