El esposo de Rojina había salido por negocios cuando ella y Montahina, su hija de 17 años, fueron interrumpidas durante su cena por un fuerte y estruendoso ruido. 

Antes de saber lo que estaba sucediendo, un grupo de hombres entró en la casa gritando y las acorraló, amenazando con secuestrar y violar a Montahina (en el recuadro) si Rojina (en la foto principal) continuaba compartiendo el Evangelio en su comunidad.

A pesar de la sorpresiva intrusión y la amenaza, Rojina no sintió miedo. “Si vienen gritando y vociferando, no me asustan —dijo—. Yo creo en mi Dios, en mi Jesús, y Él hará todo por nosotros”.

Rojina regularmente compartía la verdad de Cristo con las familias en los barrios pobres de su ciudad por obediencia a la Gran Comisión.

“Cuando supe que [Jesucristo] es el único… camino, la única verdad y vida… y su mandamiento dice: ‘Vayan por todo el mundo y prediquen el Evangelio’, eso me inspiró a hablarle a la gente —dijo Rojina—. Me gusta salir con mujeres para compartir el Evangelio con el pueblo musulmán”.

Mientras su esposo trabajaba en su pequeño negocio familiar y su hija asistía a la escuela, Rojina dirigía equipos de evangelismo para llegar a las musulmanas que la rodeaban. Al principio, ella y las mujeres que dirigía establecían relaciones con las mujeres locales conversando, visitando a sus familias y compartiendo el Evangelio en sus hogares. Pero sintió un llamado a hablarle a la comunidad en general.

“Trato de compartir todos los días —dijo Rojina—. Tengo la urgencia de hablarle a la gente”.

Ella ha sido rechazada muchas veces, pero nunca se desanima. “Es la carga de mi corazón  dijo—. No tenemos mucho tiempo en la vida, así que tenemos que alcanzar a las personas con las Buenas Nuevas en todo momento y todos los días”.

Con el tiempo, Rojina llevó a más de 100 musulmanas a la fe en Jesucristo. Ella cuidó de ellas orando por ellas y supliendo algunas necesidades físicas mientras compartía la esperanza de Cristo.

“Cuando voy a sus casas —explicó Rojina—, les digo: ‘¿Qué puedo hacer por ti?’”. Aunque era conocida como cristiana, muchas musulmanas que habían sido testigos de su sabiduría y compasión confiaban en ella lo suficiente como para compartir sobre sus vidas— ya sea que necesitaran un trabajo, comida o salud. Ella se ofrecía a orar por ellas, y muchas aceptaban. “Hasta las musulmanas quieren que alguien ore por ellas —dijo—. Eso es una bendición”.

Durante su trabajo ministerial, Rojina conoció a una anciana musulmana que sufría de parálisis. Rojina visitaba a la mujer todos los días, contándole historias del poder de Jesús para salvar y sanar. La mujer escuchaba atentamente.

“Le dije: ‘¿Crees que Jesús puede hacer eso?’ —Rojina recordó—. Y la mujer me contestó: ‘No sé nada acerca de Jesús, pero quiero ser sanada. Si oras para que yo sane en el nombre de Jesús, solo ora por mí”.

Así, durante cuatro meses, Rojina se reunió con la mujer paralizada y oró por sanidad. Sin embargo, la familia de la mujer se mostró escéptica, burlándose repetidamente de lo que consideraban la inutilidad y la locura de las oraciones de Rojina por su madre.

Pero su escepticismo solo fortaleció la determinación de Rojina. “Yo seguí orando —dijo—. Quería mostrarles a esas personas que nuestro Dios puede sanar”.

Con el tiempo, su fe fue recompensada. La mujer fue sanada de su parálisis. “Ella estaba tan feliz cuando pudo caminar. Cuando fui a visitarla, se puso de pie y casi vino corriendo”, dijo Rojina.

La mujer y su familia se regocijaron por su sanidad. Pero a medida que se corrió la voz sobre su milagrosa recuperación, sus hijos se preocuparon por la influencia del cristianismo, especialmente cuando se demostró con tanto poder.

Dos días después de la sanidad de la mujer, dos de sus hijos y sus esposas se negaron a permitir que Rojina la visitara, diciéndole que no era bienvenida. Rojina aceptó no regresar, pero les recordó sobre las enseñanzas bíblicas que habían escuchado y la sanidad que habían visto con sus propios ojos. “Solo consideren lo que les digo”, les insistió.

Unos días más tarde, los dos hijos de la mujer reunieron a los mulás locales y algunos otros hombres musulmanes y los llevaron a la casa de Rojina. Desafortunadamente, las amenazas y la intimidación que Rojina y su hija enfrentaron esa noche no fueron un incidente aislado.

Continuaron recibiendo advertencias amenazantes en la calle, y a veces las seguían hombres extraños. Los hombres musulmanes incluso exigieron que Montahina dejara de asistir a la universidad, dejando claro que conocían su ruta a la escuela y que podían fácilmente cumplir sus amenazas.

Preocupado por la seguridad de Montahina, el pastor de la iglesia de Rojina, con la ayuda de los obreros de primera línea ministerial, contrató a un conductor de bicitaxi para llevarla y traerla a salvo de la universidad. Pero, gracias al ejemplo de su madre, Montahina sigue sin tener malos sentimientos hacia aquellos que la amenazaron.

“Jesús los ama, y yo también debo amarlos —dijo Montahina—. Jesús nos dijo que debemos amar a las personas. Hacen mal, pero debemos amarlos. Pueden hacer lo que quieran, pero mi trabajo es amarlos y compartir el Evangelio con ellos”.

Rojina sigue visitando los barrios pobres, pese a las amenazas y con una visión eterna: “Para mí, [la persecución] es normal —dijo—. El apóstol Pablo tuvo el mismo problema”.

“No me importa lo que digan esos hombres, porque creo en Jesús — continuó—. Y tengo esa esperanza de que Jesús está conmigo; por eso puedo compartir el Evangelio libremente”. 

Rojina dirige equipos evangelísticos a barrios bajos densamente poblados para compartir la esperanza del Evangelio.

Compartiendo a Cristo en los barrios bajos
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